martes, 21 de abril de 2009

Lieja 1980: El orgullo de Hinault

A Bernard Hinault no le acababan de convencer las clásicas belgas. Mucho frío, mal tiempo, cotas cortas pero duras, cuando no empedradas. A eso hay que añadirle corredores cuya temporada se justificaba por sí sola en esas carreras primaverales, en las que ponían todo su interés, mientras que los objetivos de Hinault estaban meses después, en las soleadas tardes de julio francesas. Pese a todo eso, en 1980 el bretón ya tenía en su palmarés la Lieja, la Gante-Wevelgem y la Flecha Valona. Pero en esa temporada, tras 2 años seguidos venciendo en el Tour, su objetivo volvía a ser la "grande boucle". Además, probaba en el Giro, donde quería vencer en su primera participación. Por último, el mundial era en Sallanches (Francia), con lo que Hinault tenía motivos más que justificados para ir a por él. Como se ve, una temporada suficientemente cargada como para no forzar en primavera. Pero los resultados previos a la "Decana" impidieron contemporizar al lider de la Renault. Un 5º puesto en la Amstel, un 4º en Roubaix y un 3º en la Flecha (en aquellos años se disputaban en ese orden) llevaron a Hinault a asegurar: "Estoy seguro de que no seré 2º en la Lieja". El desafío estaba echado.

Lo cierto es que el día amaneció muy feo, con nubarrones por encima de Lieja. Todo lo contrario que 3 días antes, cuando Saronni había ganado la Flecha bien cerquita de aquí. A los 5 kms comienza a nevar. 5 kms después, en Sprimont, la tormenta está ya desatada. A partir de ese momento, el día va a ser una sucesión de nieve y frío, y los ciclistas van a luchar únicamente por sobrevivir. De hecho, en las 2 primeras horas abandonan 110 de los 174 corredores que toman la salida.

Entre todos esos abandonos, está a punto de producirse el de Hinault. Preocupado por no coger un resfriado o algo peor, el bretón piensa en el abandono. El Giro empieza en unos días y no quiere hacer peligrar su participación. Guimard, su director, le convence para que no lo haga. "Por lo menos aguanta hasta el avituallamiento", le dice. Un avituallamiento que estaba en Bastogne. "Uf, muy lejos", piensa Hinault. Pero de repente, en el grupo de corredores que están penando por sobrevivir en la carrera, descubre un anorak conocido. Mira bien. Es su compañero de equipo, Maurice Le Guilloux. Algo cambia en la mente de Hinault: "Un capitán debe ser el último en abandonar de su equipo". La decisión está tomada. No sabe en qué grupo y a cuanto de la cabeza, pero el tejón llegará a Lieja.

Por delante, los únicos que se han atrevido a escaparse son los belgas Pevenage y Peeters. Llevan ventaja sobre el grupo cuando se inicia la cota de Stockeu. Allí, Hinault, que ha recuperado su orgullo y su fuerza, ataca. Solo Lubberding y Contini pueden seguirle. Pero en días como el de hoy, no basta con tener voluntad. Hay que ser héroes para aguantar a la rueda de Hinault. Finalmente el capitán del Renault alcanza a la cabeza de carrera en la cota de Haute Levee. Poco tarda en soltarles a todos.

Así pues, el bretón se queda solo a 80 kms de meta. Es mucha distancia, las condiciones climáticas son totalmente adversas, pero las gestas se fabrican en días como éste. Hinault acelera. A partir de aquí, la lucha ya no es contra el resto de supervivientes de la jornada. La batalla es contra el mal tiempo, contra el dolor, tanto físico como mental. Al primero nunca le tuvo miedo, y sobradas oportunidades tuvo durante su carrera de demostrarlo. El segundo es más complicado de dominar. Solo, aterido por el frío, por su cabeza pasa constantemente la pregunta del por qué de esta cabalgada en solitario, la conveniencia de parar, al menos de aminorar el ritmo. En esos momentos, Hinault se dice a sí mismo continuamente: "Los corredores que van tras de mí deben estar en las mismas condiciones que yo, y si ellos pueden soportarlo, yo también".

Por fin, Hinault enfila el Boulevard de la Sauviniere, meta en aquellos tiempos de la Lieja. Hasta luce un tímido sol, como un guiño macabro tras el infierno que ha dejado atrás. Entra como ganador. Pero sin hacer gestos de alegría, sin celebrarlo. Sabe que ha llevado a su cuerpo hasta los umbrales de su resistencia, que ha sido una lucha contra sus límites. Ha vencido, pero no puede ni celebrarlo. En meta, uno de los primeros en felicitarlo es Saronni, retirado al principio del día. El italiano, rendido ante la exhibición, no da crédito. Casi 10 minutos después entra el segundo de la carrera, Kuiper. Los espectadores saben que han presenciado un hecho histórico, una demostración de las que dejan huella para siempre. Sin embargo, el protagonista solo quiere una ducha caliente. Al principio, ni siquiera se puede conceder a si mismo ese capricho. Su cuerpo no soporta el contraste entre el frío acumulado y el calor del agua. Las secuelas durarían bastante tiempo. Hasta 3 semanas después no pudo mover todos los dedos de las manos. Y, años después, aún arrastraría una pérdida de sensibilidad en los dedos. Tal vez ése sea el precio que deben pagar los que se atreven a desafiar los límites. Otros disfrutan la hazaña. Hinault acaba de completar una gesta, pero todo lo que recordará de esa Lieja-Bastoña-Lieja durante su vida es el intenso frío que siempre le perseguirá al pensar en esa carrera. Consecuencias de haber querido hacer lo que al resto de mortales no les está permitido.

viernes, 20 de marzo de 2009

Sanremo 85: la última conquista de un olvidado

Si les digo Hennie Kuiper, a muchos les sonará a un buen corredor pero no uno de los grandes, ni mucho menos. Holandés, equipos de medio pelo en sus inicios, para pasar a correr en los grandes como Ti-Raleigh y Peugeot a finales de los setenta y volver a pequeños equipos en los años ochenta. Siempre a la sombra de su compatriota Zoetemelk. Pero ahora vamos a hablar de un corredor que ganó unos Juegos Olímpicos y un Mundial (y de qué forma, nada más y nada menos que robandole "su" mundial a Roger de Vlaeminck en la propia Bélgica). Este doblete solo había sido antecedido por Baldini y posteriormente solo Bettini ha podido repetirlo. El mismo corredor quedó dos veces segundo en el Tour y ganó dos años consecutivos en Alpe D´Huez (solo igualado por Bugno). Para rematar la faena, estamos hablando de un corredor con 4 de los 5 monumentos. Por detrás de los 3 dioses belgas que tienen el repoker completo (Van Loy, Merckx y De Vlaeminck), solo Kelly y él pueden presumir de estar en el segundo escalón (corrección del forero leblaireau, también tienen 4 de los 5 Monumentos Bobet, De Bruyne y Derijcke).

Pues bien, todo esto y bastante más es lo que se puede hablar de Hennie Kuiper. Y la última de todas estas conquistas, la más inesperada, fue la que consiguió en marzo de 1985, contando ya con 36 años y en el ocaso de su carrera. Y la forma de ganarla fue casi tan sorprendente como la victoria en sí. En uno de los finales de la "Clasicissima" más interesantes, y eso es mucho decir.

La mañana del 16 de marzo de 1985 en el marco tradicional de la salida de la carrera, el Castello Sforzesco de Milán, nadie contaba con el viejo holandés. O mejor dicho, con el "otro" viejo holandés. Joop Zoetemelk, de nuevo acaparando los focos, se acababa de imponer en la Tirreno Adriático a los 38 años. Los favoritos eran Kelly, Vanderaerden y el defensor del título, Francesco Moser. Kelly venía de ganar la Paris-Niza. Vanderaerden, pese a su poderoso sprint, tenía complicada la victoria por la introducción de la Cipressa en el año 82, lo que hacía más duro el recorrido. Por último, Moser había repetido su preparación de 1984, sin correr ninguna de las tradicionales carreras pre-sanremo.

Lo cierto es que la carrera tuvo protagonismo inicial español: el corredor del Teka Ángel Sarrapio y el holandés Van der Knnop fueron los valientes del día. Su aventura no llegó más allá del Capo Berta. Después lo intentaron otros corredores, como Fons de Wolf. Pero ninguna aventura fructificó hasta que en el llano entre la Cipressa y el Poggio atacaron Kuiper, su compañero Van Vliet y el italiano Silvano Riccò. Llegaron al pie del Poggio con unos segundos de ventaja. En los primeros metros de la colina Kuiper se queda de sus compañeros de escapada. Parece claro que es el menos fuerte de los tres. El pelotón viene a más de medio minuto por detrás, pero el ritmo de Van Vliet y Riccò es bueno. De hecho, la iniciativa corresponde a Van Vliet, pese a llevar a Kuiper por detrás. sin duda, considera que su compatriota no tiene más cartas que jugar en este día. Por detrás, del pelotón salta Chioccioli, pero no consigue abrir mucho hueco. Argentin ronda los primeros puestos y el grupo está al acecho.

Van Vliet, después de tirar casi toda la subida, dirige el duo de cabeza en el descenso. Las referencias son que Kuiper está a 20 segundos y el pelotón a 30. Parece suficiente. Pero en los "tornanti" que llevan a San Remo se ve que un corredor está cerca de los dos primeros. El pelotón está a poca distancia, pero cuando la cámara del helicóptero se acerca, se descubre a Kuiper, lanzado en la persecución. La escena es curiosa, porque Van Vliet sigue tirando por delante. Sin pinganillos y en el técnico descenso del Poggio era imposible divisar quién tiraba por detrás. Y más cuando por delante la meta se olía tan cerca. Pero al final ocurrió lo que parecía imposible al inicio del Poggio. Justo en el momento en que se termina el descenso del Poggio, Kuiper engancha con la cabeza de carrera. No se lo piensa. Continúa hacia delante, sin decelerar el paso. Cuando el joven Riccò se quiere dar cuenta, es demasiado tarde. Ya no puede cogerle. Además, Van Vliet se pega a su rueda, obligandole a llevar el peso de la persecución. Por detrás, el pelotón no termina de organizarse. Al paso por la pancarta del último kilómetro, la carrera está decidida. A Kuiper le da tiempo en la recta de meta a celebrarlo y emocionarse. Va a ganar su último monumento, el cuarto. Todo un logro para un espléndido corredor, no suficientemente valorado. Por detrás, Van Vliet completa el doblete por delante de un Riccò extenuado. El pelotón llega a 11 segundos, encabezado por Vanderaerden. Sin duda, una emocionantísima resolución de carrera.

sábado, 7 de marzo de 2009

Las 7 Paris-Niza de Sean Kelly

Ganar 7 veces consecutivas una carrera tiene un mérito enorme. Requiere estar 7 años a un excelente nivel, a poco que la carrera en cuestión tenga una cierta competitividad. Lo primero que se nos viene a la cabeza cuando hablamos de 7 consecutivas, son las 7 victorias de Lance Armstrong en el Tour. Huelga decir el extraordinario suceso que supone esa marca establecida por el estadounidense. Pero si estamos en estas fechas del año, seguramente también reparemos en que Sean Kelly, en los años ochenta, logró encadenar una racha tan espectacular como complicada de establecer en su carrera fetiche, la Paris-Niza. Sin duda, una carrera menor que el Tour. Pero dos handicaps hacen las victorias de Kelly aún más meritorias. El primero es que el irlandés no centraba sus temporadas ni mucho menos en la Paris-Niza. Para él era uno de los objetivos del calendario, pero a la par que citas tan diversas como la Paris-Roubaix, la Vuelta, el Tour, el Giro de Lombardía, etc. Vamos, que Kelly salía a ganarlo todo, durante todo el año. El segundo handicap es que en una carrera de más o menos una semana, como es ésta, hay muy poco margen de reacción. Si te equivocas un día, has perdido la carrera. Si dejas coger demasiada ventaja a un adversario, lo mismo. Si consientes una escapada de alguien desconocido, puede que hayas renunciado a tus opciones. En resumen: lograr lo que consiguió Kelly es una auténtica proeza, que merece que la repasemos en los siguientes párrafos. Vamos a ir viendo cómo el irlandés supo solucionar año tras año los problemas con los que se fue encontrando, y cómo consiguió que la Paris-Niza fuera 7 temporadas seguidas su coto cerrado. Lo dicho, una verdadera hazaña.

Tras la victoria en 1981 de un jovencito irlandés, Stephen Roche, que se destapó para el ciclismo continental en esa Paris-Niza, en el 82 sería el turno de que un sprinter del mismo país, Sean Kelly, asombrara llevándose la carrera hacia el sol. Tras el prólogo que ganó el especialista Oosterbosch, en la primera etapa saltó la sorpresa: el joven y desconocido Chaurin, compañero de equipo de Kelly en el Sem, ganaba merced a una fuga y se ponía líder con más de 5 minutos de ventaja. ¿Resistiría?

En la siguiente etapa, ganada por un combativo Nilsson, Kelly empezaba a dar muestras de su forma al quedar segundo. Al día siguiente, en Saint Ettiene, dio el golpe de mano. Los Peugeot, que tenían un equipazo en carrera (Roche, Duclos-Lasalle, Anderson, Simon y Laurent) montaron una gran batalla que hundió al líder Chaurin. Pero Kelly resistió y se impuso en el sprint del selecto grupo que llegó a meta. Dos días después vuelve a ganar por delante de Gilbert Duclos-Lasalle, que parece el favorito para vencer la carrera, tras eliminar de la lucha a Zoetemelk, que tenía la cronoescalada a Eze del último día para imponer su ley. El penúltimo día, en Mandelieu, Gilbert le roba 5 segundos a Kelly tras arriesgar en el descenso de Tanneron y se pone líder. Todo parece indicar que el corredor de Peugeot tiene la carrera encarrilada, pues entre el irlandés y él se jugarán la victoria el último día.

Pero ese último día salió toda la clase de Kelly. Se impuso tanto en el sector matinal al sprint como en la cronoescalada al col d´Eze de la tarde, robando la victoria de etapa a un Alberto Fernandez en gran forma (había ganado pocas fechas antes la cronoescalada del Tour del Mediterráneo). Duclos-Lasalle era 5º a 44 segundos, con lo que bajaba al segundo cajón del podio, por delante de Vandenbroucke. Kelly se había llevado su primera Paris-Niza a los grande.

En el 83 el prólogo es para Vanderaerden, que ese año entró en la escena ciclista de forma fulgurante. Kelly es segundo, pero en la primera etapa se ve involucrado en una caída a un kilómetro de meta y pierde 48 segundos. Las cosas se complican mucho para reeditar el triunfo del año anterior. Para resarcirse, en la tercera etapa se adjudica el primer sector al sprint. El segundo sector, una crono por equipos, es ganado por el Aernoudt del líder Vanderaerden, mientras que el Sem de Kelly es tercero a 23 segundos. Al día siguiente Kelly vuelve a ganar, en el sprint de un reducido grupo donde no aguanta Vanderaerden. El veterano Zoetemelk coge el liderato, pero el Sem está al acecho: el suizo Grezet es tercero a 9 segundos, el holandés Rooks cuarto a 20 y el irlandés Kelly quinto a 41. Entre los 3 pueden ponerle las cosas difíciles al líder, aunque éste cuenta con la ayuda de su compañero Laurent, que es segundo. Pero el penúltimo día, Kelly le da la vuelta a la tostada. Con una gran fuga consigue arrancar suficiente ventaja a Zoetemelk para ponerse líder, aunque solo con 8 segundos sobre el holandés. Joop parecía el favorito de cara a la cronoescalada final en el Col d´Eze, pero Kelly demostró que la etapa le iba como un guante, ganando y dejando sentenciada su segunda Paris-Niza. Sus lugartenientes de lujo, Grezet y Rooks, le acompañaron en el recital, puesto que quedaron segundo y tercero en la etapa y en la general, sacando a Zoetemelk del podio y logrando un triplete espectacular para el Sem.

En 1984 la novedad la representaba uno de los participantes: Hinault, ausente los últimos años debido al rechazo de Renault a correr la Paris-Niza, había cambiado de equipo y por consiguiente participaba en la tercera ronda por etapas de Francia en importancia. Los primeros días el desarrollo fue el habitual, con el prólogo ganado de nuevo por un especialista (en este caso Oosterbosch, que repetía dos años después), Kelly ganando el primer sprint y el Panasonic arrasando en la crono por equipos y dejando a sus corredores en los primeros puestos de la general. El Skil de Kelly era cuarto a 1:13. Pero con el Ventoux en el recorrido, parecía difícil que los rodadores holandeses mantuvieran el liderato. Y así fue. Caritoux se impuso en el "monte pelado" y Millar, segundo en la etapa, se hacía con el maillot blanco de líder. El grupito de favoritos, con Kelly, Roche, Dietzen y Laurent llegaba a medio minuto de los primeros, mientras Hinault cedía 15 segundos más que ellos. Al día siguiente el bretón quiso reventar la carrera y atacó con saña, pero de repente se encontró con un grupo de manifestantes que querían cortar el paso de los corredores. Hinault, genio y figura, se lió a tortas con ellos. La etapa, que podía haber sido terrible, acabó simplemente con la claudicación de Millar, que cedió el primer puesto a Kelly. El irlandés solo se tenía que preocupar de Hinault, tercero en la general, y de su compatriota Roche, segundo. El penúltimo día estos dos corredores se lo pusieron difícil, pero Sean resistió bravamente, cediendo tan solo ante Roche, ganador de la etapa. El último día, con la tradicional cronoescalada al Col D´Eze, tan solo 11 segundos les separaban. Pero Kelly volvió a llevarse la etapa y la general, por tercer año consecutivo. Solo Merckx antes que él lo había logrado. Por delante de él solo quedaba el record de 5 victorias (no consecutivas) de Anquetil. El irlandés estuvo intratable esa primavera, sumando a la carrera francesa las victorias en Paris-Roubaix, Lieja, Criterium Internacional y Vuelta al País Vasco.

En 1985 la novedad en la línea de salida era el Renault del nuevo dominador del panorama mundial, Laurent Fignon. Pero quien permanecía inalterable era Sean Kelly. El irlandés falló en el prólogo, donde solo pudo ser 15º. El australiano Alan Peiper se hacía con el primer liderato, dejando sin una nueva victoria a Oosterbosch, que tuvo que conformarse con la segunda posición. En la primera etapa, Panasonic arrasa en el sprint, colocando a los hermanos Planckaert (Eddy y Walter) por delante de Kelly. El irlandés estaba en todos los fregados. Al día siguiente, cambio de líder: Oosterbosch arrebataba el maillot blanco a Peiper, merced a una escapada junto a Madiot y Pirard. La etapa, sin embargo, se escapó a los dos holandeses, puesto que fue para Madiot.

Eddy, el menor de los Planckaert, volvió a dejar con la miel en los labios a Kelly en la etapa de Saint Ettiene. En una bonita etapa por el trazado de media montaña de la misma, el líder se jugó la carrera valientemente. Atacó para abrir hueco con sus perseguidores en la general, y solo fue cazado a 4 kilómetros de meta. Pero se había desfondado, por lo que no consiguió entrar con los de cabeza y Peiper recuperó el liderato. Pero al día siguiente la crono por equipos volvió a ser uno de los jueces de la carrera. El Skil de Kelly quedó 2º a solo 8 segundos del Panasonic de Phil Anderson. El resto quedaron a un mundo, siendo La Redoute de Roche el tercero a 52 segundos. Teniendo en cuenta que no se computaban los tiempos de la etapa, sino que se daban bonificaciones dependiendo del puesto, Kelly solo arrebataba 20 segundos a Roche, mientras perdía otros 20 con Anderson. Con lo cual, el australiano sacaba 23 segundos al jefe de filas del Skil y 38 al de La Redoute. Pero ninguno de ellos se quedaba el liderato, merced a la semietapa que se había disputado esa misma mañana, con llegaba a Bedoin previo paso por el Ventoux. Los franceses Pelier y Vichot, gregarios de Kelly, se fugaban con Mottet. La victoria y el liderato era para el primero, quedando Vichot el segundo a 10 segundos. Skil volvía a tener un año más la carrera maniatada.

Pero etapa a etapa iba perdiendo peones. Al día siguiente, Pelier perdía 6 minutos y su privilegiada posición en la general. El maillot pasaba a las espaldas de su compañero Vichot, tras esta etapa ganada por Oosterbosch y en la que Fignon debió retirarse por molestias en el tendón de Aquiles. La maldición que perseguiría al parisino durante los siguientes años empezaba a manifestarse.

En la penúltima etapa se impuso el español Pedro Muñoz aprovechando el ascenso a Tanneron previo a la llegada a Mandelieu. Kelly y Anderson seguían limando tiempo al líder, hasta ponerse a 45 y 32 segundos respectivamente. En la etapa final, por la mañana, Mottet consiguió lo que el día de Bedoin se le había negado. Incluso fue líder virtual, pero los Skil realizaron un gran trabajo para conservar el liderato. Kelly quedó tercero, solo superado por Van Poppel en el sprint. Por la tarde, Anderson no soportó el duelo, quedando 6º a 1:11 del ganador, que no fue Kelly sino otro irlandés, Stephen Roche. Por solo 1 segundo impidió a Sean repetir lo hecho los 3 años anteriores: etapa final y liderato. Pese a no ganar ninguna etapa en esta edición, Kelly se hacía con su cuarta Paris-Niza. En el podio final iba a estar acompañado por Roche, gracias a su gran ascensión al Col d´Eze, y por su compañero Vichot, al que Phil Anderson no consiguió superar.

En la edición de 1986, muy montañosa (tenía llegadas al Ventoux a la altura de Chalet Reynard, el Mont Faron y la cronoescalada al Col d´Eze, además de la etapa del Tanneron) fue un auténtico recital de Kelly. El nuevo jefe de filas del Kas igualó la marca de 5 victorias de Anquetil, pero lo hizo a lo grande. Fue líder desde el primer al último día, ganó 3 etapas, quedó segundo en otras 4, se llevó el maillot de la montaña, el de la regularidad y logró una diferencia enorme sobre sus acompañantes en el podio. Simplemente impresionante. La carrera comenzó con un prólogo que esta vez sí se llevó el irlandés por delante del sempiterno Oosterbosch. Tras dos sprints ganados por el francés Wotjinek, Kelly se impuso al sprint en la tercera etapa por delante del cántabro Alfonso Gutierrez. Al día siguiente, por la mañana, Van Lancker se imponía en el Chalet Reynard gracias a una escapada. Por detrás Zimmermann se mostraba como el más fuerte, sacando medio minuto a Kelly, Caritoux, Simon y Mottet. Lemond y Bernard pinchaban al perder en meta más de 40 segundos. Por la tarde, victoria para Peugeot por delante de La Vie Claire y Kas. Pero, debido al sistema de cronometraje, en la general solo se veían reflejadas las bonificaciones que el equipo de Simon le había sacado al de Kelly. Al día siguiente, nuevo recital del irlandés en el Mont Faron. En la corta subida final marcó el ritmo a todos sus rivales, descolgando incluso a Simon en el último kilómetro. Solo un ataque de Pedro Muñoz, que de vez en cuando sacaba a pasear su clase, le impidió llevarse la etapa. Con Simon descolgado, los rivales pasaban a ser Zimmermann y Lemond, pero estaban a 1 minuto de diferencia de un Kelly que se mostraba intratable. El penúltimo día volvió a demostrar que estaba claramente por encima de los demás. Se impuso en el sprint del pelotón, y solo una escapada del danés Pedersen le impidió anotarse la etapa. El último día por la mañana se produjo la gran sorpresa de que el cántabro Alfonso Gutierrez adelantó a Kelly en el sprint. Pero por la tarde Sean volvió a maravillar, ganando la cronoescalada con 14 segundos sobre Bernard, medio minuto sobre Zimmermann y un minuto sobre Lemond. Estos dos últimos le acompañarían en el podio, pero Kelly había demostrado que en esa edición fue el amo y señor absoluto. Días después se impondría en la Milán Sanremo y continuaría su primavera triunfal ganando la Roubaix y la Vuelta al País Vasco.

Si en el 86 la Paris-Niza fue un monólogo de Kelly, es justo decir que en 1987 el líder del Kas no fue el mejor corredor de la carrera. Sin embargo, acabó ganándola. Tras un prólogo ganado por Vandenbroucke, en la crono por equipos Carrera tuvo una actuación sensacional y dejó a sus dos líderes, Zimmermann y Roche, en inmejorables condiciones. Sobre todo este último, que venía de una lesión el año anterior y en este inicio de temporada parecía que se empezaba a recuperar, tras ganar en la Vuelta a Valencia. Roche se ponía líder, dejando a Kelly a 41 segundos. Se complicaban las opciones del pentacampeón de la carrera. Kelly comenzó pronto a arañar bonificaciones siendo 2º en la siguiente etapa. Y en el Mont Ventoux demostró que estaba fuerte. Se impuso en la línea de meta a Stephen Roche. El tercer hombre fuerte del día, Pensec, tenía la mala suerte de salírsele la cadena justo cuando se iniciaba el sprint. El duelo de irlandeses estaba servido, puesto que se quedaban liderando la clasificación, con la única amenaza de Fignon: estaba a 48 segundos del líder Roche y a 17 de Kelly, pero había perdido comba en la dura ascensión. Mala señal.

Las emociones no paraban en esta edición. Al día siguiente, en la llegada al Mont Faron, cambio de líder. Bernard protagonizaba una de sus grandes actuaciones, escapándose en el penúltimo puerto y llegando en solitario a meta y haciendose con el liderato. Mientras Roche y Kelly se vigilaban por detrás, llegando juntos a meta, el líder de La Vie Claire tomaba 45 segundos al corredor del Carrera y 1:14 al ganador de los últimos 5 años. La Paris-Niza 87 parecía vista para sentencia. Pero al día siguiente, de nuevo se produjo un vuelco en la general. Los 3 rivales de Bernard se unieron y dieron un golpe de mano, distanciando en el terreno ondulado de la etapa al líder, que entraría en meta a 2 minutos de Fignon, que se imponía en el sprint del pequeño grupo de elegidos. Prácticamente un anticipo de lo que pasaría meses después en el Tour. Así pues, Roche recuperaba el liderato con 24 segundos sobre Kelly y 37 sobre Fignon. Todo parecía que se jugaría en la cronoescalada del sector vespertino, pero viendo el estado de Roche parecía complicada una sexta victoria de Kelly. Sin embargo, la clave de la carrera estuvo en el sector matutino. En el descenso del Col de Vence, el líder pincha. La tardanza en reparar el pinchazo provoca que por delante se pongan de acuerdo y no consiga contactar. En meta, Roche ha perdido 2 minutos y la carrera. De nada le sirve que por la tarde demuestre ser el más fuerte, imponiéndose en la cronoescalada. A Kelly le basta con controlar a Fignon, que falla estrepitosamente, perdiendo incluso el segundo puesto del podio a manos de Bernard. Roche es cuarto, pese a haber sido el más fuerte de una carrera llena de alternativas y donde la emoción fue continua.

La edición de 1988 se inició convulsa, en parte por la decisión de la organización de programar una Challenge inicial por equipos (pero divididos en dos grupos, de 4 y 5 corredores respectivamente) que no contaba para la general y que ganó Toshiba, y por otro lado por los dimes y diretes de Stephen Roche, que tomó la salida en esa Challenge de 6 km pero que no disputó el resto de la carrera, afectado por los problemas en la rodilla que le dejarían en el dique seco la mayoría de ese 1988 infausto para él. Mientras todo eso se producía, en carrera Sean Yates conseguía la victoria y el liderato en la primera etapa, merced a una escapada en solitario que le reportaba más de 2 minutos de ventaja. En la tercera etapa, con final en el Mont Faron, Kelly daba un nuevo golpe de mano. Quedó segundo, por detrás de un Andy Hampsten superviviente de una escapada. A rueda del irlandés solo aguantaron Simon, Pensec y Gorospe. Todos en buena forma, pero no parecía que tuvieran la suficiente entidad para inquietar al irlandés, que se quedó a solo 5 segundos del liderato de Yates. Al día siguiente lo conseguiría, puesto que en el ondulado camino a Saint Tropez Yates se descolgaba. La parte difícil del trabajo ya estaba hecha, y Kelly se limitó a controlar los ataques enrabietados de los Systeme U de Simon y Fignon y a rematar en el Col d´Eze, donde volvía a ganar con 2 segundos de ventaja sobre Pensec. Gorospe, tercero en la cronoescalada, acababa también tercero en la general, siendo el segundo español tras Ocaña que lo conseguía. 2 meses después Kelly ganaría la Vuelta a España, su única gran ronda por etapas.

Los años siguientes Kelly cambiaría la Paris-Niza por la Tirreno-Adriático, carrera coincidente en fechas y en la que su nuevo equipo, el PDM, tenía más intereses. Induráin emergió con dos victorias consecutivas en la carrera francesa, anticipo del dominio que llegaría en la primera mitad de los años noventa. Pero el record del irlandés ya estaba marcado. La impresionante racha de 7 victorias había sido establecida por Sean Kelly. Kelly fue muchísimo más que simplemente el heptacampeón de la Paris-Niza. Ganó numerosas pruebas, muchas de ellas de enorme prestigio. Hizo temporadas memorables, ganando desde marzo hasta octubre prácticamente todo, algo solo repetido posteriormente por Laurent Jalabert. Se atrevió con retos que parecían imposibles inicialmente y los consiguió todos menos dos: el podio del Tour y el Campeonato del Mundo. Pero estas victorias en la Paris-Niza no son sino otro dato más por el que pasar a la historia como uno de los más grandes de este deporte.

miércoles, 11 de febrero de 2009

Giuseppe Saronni: Hoy estás en la cima, mañana empezarás a caer (Parte II)

Y volvemos a ese día en la campiña inglesa. Al principio los franceses han intentado poner nerviosos a sus rivales, con una escapada de Vallet. Son todo fuegos de artificio, porque mucho antes del final Hinault se retira, lo mismo que Maertens, campeón saliente. En la última vuelta lo intentan Kuiper y Lejarreta, que está muy fuerte. Pero el holandés no puede seguir el ritmo del vasco, que sabe que solo no aguantará la última vuelta y se deja cazar para recuperar fuerzas. Por fin, llegamos a esos últimos metros. Lejarreta lo vuelve a intentar, y a su rueda salta el estadounidense Jonathan Boyer, que le supera y se marcha en solitario. Parece que va a ganar, pero por detrás se ve un maillot de EEUU tirando del indeciso pelotón. Es Lemond, en uno de sus momentos más vergonzosos, cegado por el egoismo, el que acerca lo suficiente al grupo. De repente, una flecha azul salta del pelotón y se va para ganar, por delante del propio Lemond y de Kelly. Es Saronni, con su mítica "fucilata". Un ataque numerosas veces comentado y comparado, pero jamás repetido. Al ver las imágenes parece como si un profesional compitiera contra alevines. Solo por eso y por las 3 Roubaix consecutivas de Moser, quedan perdonados los años "moser-saronnianos", que tanto daño le hicieron al Giro en particular y al ciclismo italiano en general.

Saronni es por fin "maglia iridata". Y además, está desencadenado. Se presenta al Giro de Lombardía, una carrera que por sus características (el más montañoso de los Monumentos) nunca ha estado cerca de ganar. Hace una carrera perfecta, cazando él solo a Visentini, que se había escapado en la último tramo de descenso, y vence en el sprint al grupo de favoritos.


1983 arranca como terminó el año anterior. Saronni es un coloso y cualquier objetivo está a su alcance. En el camino preparatorio a la Sanremo, llega de lider a la última crono, donde se relaja para no llegar cansado a la clasicisima. En ella, un grupo de 14 favoritos llegan juntos al Poggio. Allí ataca Juan Fernández, pero es cazado y saronni lanza su ataque antes de comenzar el tramo más técnico de la bajada. De nuevo, cuando se gira hacia atrás sus supuestos rivales han desaparecido. En meta por fin puede quitarse el amargor de 3 segundos puestos en esta carrera. Ahora mismo, todo lo que toca lo convierte en oro.

Se prepara para debutar en la Vuelta a España, atraido por el dinero que le pagará el organizador, Unipublic, que quiere contar con un gran elenco extranjero en esta mítica edición. Antes de eso, le da tiempo a ser segundo en la Lieja, solo superado por un imberbe Steven Rooks. En el prólogo de la Vuelta no tiene suerte y se cae. Ante una evidente falta de motivación, deja pasar una etapa que le viene como un guante, la primera con llegada al Castillo de Cuenca. Tampoco en los sprints llanos consigue arañar ninguna victoria, siendo superado por el nuevo fenómeno de las volatas, el belga Vanderaerden. En la montaña pirenáica queda claro que Beppe no tiene intención de disputar la general, pues pierde mucho tiempo. Además, su situación se agrava por culpa de una bronquitis. Cuando más arrecian las críticas locales, llega la etapa de Zaragoza, con final en la subida al Casino Montes Blancos, y vuelve a sacar su inigualable arrancada. Ya tiene la primera etapa de la ronda. Al día siguiente, la famosa jornada de la encerrona a Marino que le costó perder el liderato y posiblemente la Vuelta, vuelve a imponerse. Su última aportación en la carrera será tensar el grupo en Peña Negra, el día de Ávila, para que después Hinault hiciera el destrozo por todos conocido en Serranillos. Ni siquiera termina esa etapa, pues se retira para preparar el Giro, entre las críticas de los aficionados españoles que le acusan de trabajar para el lider de Renault.

El Giro, igual que 4 años antes estaba pensado para Moser, está ahora diseñado para Saronni. Hay bonificaciones para los 4 primeros en meta, que alcanzan hasta los 30 segundos para el vencedor de cada etapa. Se dedica a coleccionar una enorme cantidad de segundos en los sprints que le son más favorables, y en la séptima etapa, en Salerno, ya se apodera de la maglia rosa que atesora Contini hasta ese momento. En la crono de Parma consigue una sensacional victoria, que le da un colchón enorme para defenderse de los ataques de los españoles, que dominan en los Dolomitas. De las 4 únicas etapas "de montaña", 3 de ellas (Campitello Matese, Colle di San Fermo y Selva di Valgardena) son unipuerto, por lo que minimiza las pérdidas sobre Alberto Fernández (el mejor escalador de este Giro) y Visentini. Tan solo en la última etapa montañosa, con el Pordoi y otros 4 puertos en el menú, sufre ante el ataque de Visentini. Pero el lider del Inoxpran no consigue la colaboración de Becchia y finalmente no consigue una ventaja apreciable sobre Saronni. El campeón del mundo parte en la última crono con casi dos minutos sobre Visentini y, aunque pierde uno de ellos, se acaba imponiendo en la corsa rosa tal y como estaba planificado al inicio.


Y, por fin, volvemos de nuevo a ese podio de Udine del que se baja feliz Saronni, completado el círculo mágico desde el mundial hasta aquí. El espejismo que ha vivido arriba está olvidado. ¿Espejismo? Lo cierto es que a partir de este día, Saronni pierde de repente ese golpe de pedal que llevaba meses demostrando. Lógico, si se tiene en cuenta lo complicado de mantener la forma durante tanto tiempo. El problema llega si no se vuelve a recuperar nunca. El resto de año es un continuo fracaso para el capitán del Del Tongo. No consigue ningún otro resultado positivo, quedando 17º en el mundial y perdiendo el Super Prestige Pernod (el equivalente de la época al Pro Tour, pero con mucho más prestigio), que tan bien encarrilado tenía al principio de la temporada. Kelly y Lemond llegaron con más hambre al final del año y fueron los que se lo disputaron, con victoria para el americano.

Si el final de 1983 fue muy malo para Saronni, 1984 fue aún peor. No solo se pasó un año entero sin conseguir nada remotamente destacable. A esto se unió que su eterno rival Francesco Moser resurgió de sus cenizas y gracias a las ayudas de Francesco Conconi tuvo, ya en su madurez, un año espléndido. El trentino batió el mítico Record de la Hora de Merckx, ganó la Sanremo y el Giro. Había vuelto a conquistar el corazón de la Italia ciclista, algo más doloroso para Saronni que quedarse sin victorias. Pero parecía increible que un corredor intratable un año antes, se hubiera quedado reducido a la nada.

En el 85 Saronni sigue sin ser ni la sombra de si mismo. Tan solo consigue dos etapas en el Giro y victorias menores. Para alguien que años atrás era el total dominador de la temporada transalpina son solo migajas.


En el 86 tiene lugar su canto del cisne en el Giro de Italia. En el camino de preparación gana el Trofeo Pantalica y se lleva etapas en la Vuelta a Andalucía y el Giro dellla Puglia, además de ser cuarto en la Sanremo. En el Giro, vuelve a recuperar un gran nivel, portando la maglia rosa durante 11 etapas, merced a las bonificaciones que consigue en las llegadas (pese a no ganar ningún parcial, es segundo en 3 de las jornadas iniciales) y al gran papel de su equipo en la crono por equipos. En la crono de Siena, 12ª etapa, refuerza su liderato al ser tercero tras su compañero Piasecki y Roberto Visentini. Precisamente será este último el que en la etapa con final en la subida a Foppolo, previo paso por el San Marco, le arrebate el liderato. En un día en que se impone el español Pedro Muñoz, Saronni no resiste el puerto más duro de la edición de este año y pierde contacto con los mejores escaladores, como el propio Muñoz, Visentini, Lemond, Corti, Chioccioli y Baronchelli. En meta se deja dos minutos y medio y el liderazgo. En la crono de Cremona (última victoria de Moser en el Giro) Visentini no falla y solo pierde 4 segundos con Saronni. La suerte está echada. En las dos etapas montañosas que restan (la de Pejo Terme y la de Bolzano con el Pordoi) la general no se mueve, y Visentini le devuelve a Saronni el resultado de 3 años antes. Ese año terminará con una medalla de bronce en el mundial de Colorado Springs, aunque con el sabor agridulce de que todos los focos son para su compañero de selección Argentin, que se hace con el oro. Beppe nunca más volverá a ser protagonista en los grandes eventos del calendario.


Desde el 86 hasta el 90, año de su retirada, continuó dando tumbos y arrastrando su nombre y prestigio. Sus 3 últimos años, ya sin su viejo rival Moser en las carreteras, se limitó a contemplar a los jovenes italianos como Argentin, Fondriest o Bugno mientras estos conseguían sus victorias. Su época, una época en la que el ciclismo italiano eran él, Moser y nadie más, había pasado. Con su última victoria, el Giro di Reggio di Calabria del 25 de marzo de 1990, cerraba una exitosa carrera en la que había conseguido 195 triunfos. El niño prodigio había completado unas temporadas de ensueño, siendo el estandarte, junto a su opuesto Moser, de uno de los países más importantes del mundo ciclista. Pero cuando estaba en la lo más alto, en la cima, alguien le avisó de que su reinado acababa de terminar. Probablemente en ese momento él no lo creyó. Pero cuando el 17 de octubre de 1990 se retiró al concluir la Milano-Torino, no pudo dejar de pensar que realmente todo había terminado esa tarde de junio en Udine.

domingo, 8 de febrero de 2009

Giuseppe Saronni: Hoy estás en la cima, mañana empezarás a caer (Parte I)

Udine, 5 de junio de 1983. Giuseppe Saronni acaba de ganar su segundo Giro. Con esto, cierra unos meses auténticamente impresionantes. Ha ganado todo lo que un italiano desea ganar desde que es niño y le regalan su primera bicicleta: el mundial, Lombardía, la Sanremo y el Giro. No puede haber en estos momentos ciclista más feliz en el mundo. El Lombardo (nacido en el Piamonte pero crecido cerca de Milán) lleva 6 años impresionantes, donde ha ganado la mayoría de las carreras importantes italianas. Además, es joven, pues tiene solo 25 años. Toda una carrera le aguarda por delante para hacer de su palmarés una leyenda. Como guinda, su gran rival Francesco Moser empieza a acusar los años y, a punto de cumplir los 32, parece que sus mejores temporadas han pasado. Todo le sonríe a "Beppe". El futuro pinta de color de rosa, el mismo que viste él en estos momentos.

Pero, de repente, en lo alto del podio de Udine, se gira al oír su nombre. Lo único que encuentra es uno de los duendecillos del ciclismo, de la misma familia del "tío del mazo", que pueblan la mitología ciclista. Solo le dice una frase, antes de desaparecer: "Hoy estás en la cima, mañana empezarás a caer". El capitán de la GIS Del Tongo se sorprende, se queda preocupado, pero finalmente decide no darle más importancia a lo que cree haber visto y volver a mirar al frente. Allí ve a lo tifossi coreando su nombre y aplaudiendole. Es un héroe. Pero, ¿cómo han sido estos últimos meses? Para entenderlo, hay que retrotraerse justo 9 meses, al 5 de septiembre de 1982, a Goodwood, en los alrededores de Leicester.

En plena campiña inglesa se corre un mundial en el que Saronni es el gran favorito. Un circuito no demasiado selectivo pero con un final en cuesta de aproximadamente una milla. El tipo de llegada que le va perfecto a Beppe. Tras muchos años de disputas entre Saronni y Moser, el seleccionador azzurro, Martini, ha designado a Saronni como jefe de filas. Los italianos lo tienen claro. No se debe repetir lo del año pasado en Praga, donde la estrategia de los transalpinos fue cuanto menos dudosa, con ataques cuando estaba designado que se llegara al sprint, y con un final en el que Baronchelli dejó demasiado lejos a Saronni, que se vió superado en el último arreón por Maertens. Este año hay que rematar adecuadamente, y nadie mejor que Saronni para ello. El joven corredor atesora ya un palmarés envidiable. Repasemoslo un momento:

Saronni pasó a profesionales a los 19 años. Tan joven, que necesitó un permiso especial para ello. En aficionados se había labrado un gran palmarés, tanto en ruta como sobre todo en pista, donde había logrado un montón de victorias y había adquirido la punta de velocidad que tantas satisfacciones le daría en el futuro. En su primera carrera, el Laigueglia del 77, es segundo tras el campeón mundial Maertens. La carta de presentación era impresionante. Ese mismo año ya se hace con 9 victorias, todas ellas menores. Su primer éxito es el Trofeo Pantalica. Moser es tercero, frenado por una moto. La rivalidad ha comenzado. Francesco se toma la revancha en la Flecha Valona, donde vence por delante de Saronni. Su gran temporada le hacen ser convocado para el mundial de San Cristobal, donde trabaja para la victoria de Moser y aún así acaba con fuerzas para ser noveno.

Pero al año siguiente Beppe ya da muestras de que estamos ante un monstruo preparado para marcar época. Se lleva carreras como la Tirreno-Adriático, 3 etapas en el Giro (donde termina 5º), es segundo en la Sanremo tras hacer la mayor parte del trabajo a De Vlaeminck y, tras ganar numerosas carreras, roza el podio del mundial al ser cuarto, siempre con Moser (medalla de plata) como capitán.

En el 79 consigue su primera gran victoria, al imponerse a Moser en un Giro pensado para el trentino. Torriani empezaba la época "moser-saronianna" con un recorrido en el que primaban las cronos y con una montaña ridícula. Pero el gran favorito falló en la cronoescalada a San Marino, donde Saronni protagonizó una exhibición. A partir de ahí Beppe, vestido de rosa, se limitó a controlar a sus rivales, Knudsen y Moser, muy limitados en montaña. Puesto que Knudsen se tuvo que retirar a consecuencia de una caída, el duelo italiano quedó servido hasta el final. Pero no hubo más historia que el dominio de Saronni, más en forma, sobre Moser. El resto del año se cerró con las victorias en el Campeonato de Zurich, Giro de Romandía, Midi Libre e innumerables victorias de etapa en vueltas pequeñas. Las grandes clásicas se le siguen resistiendo, pues vuelve a ser segundo en Sanremo (de nuevo tras De Vlaeminck), en la Flecha (esta vez batido al sprint por Hinault) y en la Paris-Tours. En el mundial falla, pues no consigue ser más que octavo. Despide el año con una victoria en el Trofeo Baracchi, crono por parejas, haciendo dueto con... Francesco Moser. Por lo visto ni se hablaron hasta comenzar la carrera.

1980 es el año en el que tiene que confirmar lo que se espera de él. Y vaya si lo hace. En Sanremo repite su conocida segunda posición. Vence por fin la Flecha Valona dando una exhibición, dejando tirado a Hinault en la última cota y ganando a Nilsson el sprint. En el Giro, se lleva la friolera de 7 etapas, pero la montaña (con el Stelvio en el menú) es demasiado para él. De hecho, tendrá que trabajar para su compañero Panizza, que acaba segundo tras Hinault. Finalmente, entre su ingente cantidad de victorias anuales figura el campeonato de Italia, que le hace vestir la tricolore durante un año. Fracasa, sin paliativos, en el mundial de Sallanches, donde se ve obligado a abandonar ante la tortura en que convierte Hinault la carrera.

En 1981 sigue incrementando su palmarés, pero en parte es un año amargo para él. Pese a sus tres victorias de etapa en el Giro y su tercer puesto tras Battaglin y Prim, se queda a las puertas de la victoria tanto en Romandía, como en la Tirreno Adriático como en el mundial. Tres segundos puestos dolorosos, sobre todo el último, cuando tenía todo de cara para ganar.

En 1982 su aproximación al Giro es muy buena, con victorias en el Giro de Cerdeña, la Milán-Turín, la Tirreno-Adriático y el Giro del Trentino. En la carrera italiana vuelve a estar lejos de la lucha por la victoria (es sexto) pese a imponerse en 3 etapas. Pero acaba en buena forma, lo que le lleva a vencer en la Vuelta a Suiza. Durante el verano repone fuerzas y se aproxima al mundial ganando la Vuelta a Alemania y la Copa Agostini...

viernes, 2 de enero de 2009

Giro de Italia 1988: el infierno helado del Gavia (Parte IV)

Al día siguiente de la mítica etapa, no había fuerzas ni ganas para nada. Y eso que, a priori, el menú invitaba a nuevas hazañas. De salida, el Stelvio, Cima Coppi de esta edición del Giro. Y final en la estación de Merano 2000. Pero, visto lo visto el día precedente, a ver quién se atrevía a subir y luego bajar el Stelvio con las condiciones climáticas que se estaban viviendo esos días en el norte de Italia. Así pues, el paso por el Stelvio fue anulado y la etapa se limitó a la subida final a Merano 2000. En esa ascensión, uno de los derrotados del Gavia dió una lección. Jeff Bernard volvió a tirar de clase y demostró que fueron las consecuencias de la nevada las que le impidieron realizar una mejor actuación en el Gavia. Atacó desde el inicio de Merano 2000. Tan solo Zimmermann pudo seguirle. Por detrás, Hampsten y Breukink mantenían una guerra de nervios, conscientes de que estaban ante el último final en alto de la carrera, exceptuando la cronoescalada al Valico del Vetriolo. La mínima diferencia que los separaba hacía que cualquier paso en falso fuera decisivo para la victoria final. Junto a ellos, los corredores del Del Tongo, Chioccioli y Giupponi. Delgado o Visentini, ya sin motivaciones, perdían tiempo con respecto a los mejores. La carretera había puesto en su sitio a cada uno de los favoritos.

Bernard hacía todo lo posible por descolgar a Zimmermann, consciente de que era un rival molesto en caso de llegar juntos hasta arriba. Finalmente, a 3 kilómetros de meta, lo consiguió. Se fue solo y venció en plan campeón. Por detrás, Hampsten conseguía dejar a Breukink, consolidando su liderato. En meta, Bernard se hacía con su tercera victoria del Giro. Zimmerman entraba a 32 segundos. Giupponi (autor de unos kilómetros finales muy buenos) le pisaba los talones entrando a 36 segundos, mientras que Hampsten, que entraba a 51, arañaba 27 a Breukink, que le precedía. Juan Tomás Martínez, el Volcán de Barakaldo, era el primer español en meta, entrando séptimo a 2:48, junto a Perico. Chioccioli era quien se llevaba la peor parte del día, perdiendo 3:16 y entregando su lugar en el podio a Zimmermann. En dos días nefastos para el toscano, había pasado de llevar la maglia rosa a quedar en el 5º puesto de la general a más de 6 minutos.

Por tanto, Hampsten respiraba un poco más tras la etapa de Merano 2000. Su distancia con Breukink había crecido hasta unos tranquilizadores 42 segundos, sobre todo teniendo en cuenta la crono del último día, donde el corredor de Panasonic era cláramente favorito. La soledad de ambos en la lucha por la victoria era aún más patente, por cuanto que el tercero era ya Zimmermann a 3:50, con los dos corredores del Del Tongo detrás de él, aunque sin representar una seria amenaza. Pero al día siguiente se subía otro de los gigantes del Giro, nada menos que el Passo del Rombo.

El problema era que la climatología, que había propiciado una etapa épica camino de Bormio, estaba mutilando etapas que también podrían haber sido antológicas. Durante todos estos días, la lluvia era compañera inseparable del pelotón, y en cuanto se subía a las altas cumbres la nieve hacía acto de presencia. Y en la frontera entre Italia y Austria, en el Rombo, se mantuvo esta misma tónica. Si el día anterior había sido la organización la que eliminó el Stelvio, esta vez fueron los corredores los que decidieron hacer una semihuelga. En cuanto los primeros copos de nieve aparecieron, el pelotón bajó el ritmo y el coloso se subió a ritmo lento. Incluso llegaron a pararse en dos ocasiones. Algunos ciclistas empezaban a subir a los coches, en un claro gesto de fuerza para que fuera neutralizada la subida. Pero las dos veces se acabó reiniciando la marcha. Finalmente, se coronó el puerto. De nuevo, muchos corredores se metieron en los coches para abrigarse de cara al descenso. Fue justo ése el momento que aprovecharon los corredores de Panasonic para preparar una emboscada. Enfilaron el descenso a toda velocidad, y se fugaron del resto del pelotón. Al terminar la bajada, 6 hombres del equipo holandés se encontraban en el grupo de cabeza, acompañados por otros 7 corredores, entre los que se encontraban el lider Hampsten y Delgado, pero no Zimmermann, Bernard o los Del Tongo. La jugada había sido maestra. A partir de ese instante, se correría todo lo rápido que no se había hecho en la primera parte de la etapa. La ventaja llegó a ser de minuto y medio, aunque tras el último puerto, Mosern, solo quedaron en cabeza Breukink y Winnen del Panasonic. La diferencia comenzó a menguar, hasta que en meta se quedó en 8 segundos, tras muchos esfuerzos de los perseguidores. Por delante, Vona se había marchado en el último kilómetro para ganar en solitario y estropearle la jugada a los holandeses, que pensaban ganar con Breukink tras el gran trabajo de Winnen. Finalmente, habían obtenido muy poca recompensa para todo el esfuerzo que habían hecho.

Al día siguiente, por fin se volvió a las volatas tradicionales del Giro. En una jornada muy dura por la multitud de ataques que se produjeron (había muchos equipos resentidos por la táctica del día anterior de Panasonic) se acabó llegando en grupo a meta, donde se impuso Gambirasio. Todas las espadas estaban en alto ante la etapa del día siguiente, la cronoescalada donde Hampsten y Breukink se jugarían la carrera.

Y, en la jornada decisiva, se demostró quién era el hombre más fuerte de la carrera. Hampsten arrasó, superando a Breukink incluso en los 5 primeros kilómetros, que eran llanos y supuestamente favorables al holandés. En cuanto la carretera se empinó, enfilando la meta en el Valico del Vetriolo, la diferencia no paró de aumentar, hasta el 1:04 que se dejó en meta el lider del Panasonic. El americano se llevó la etapa, dejando al segundo, Visentini, con la miel en los labios. El corredor de Carrera, que al inicio del Giro partía como favorito, se quedó sin la consolación de ganar una etapa. Cedía 32 segundos. Giupponi se dejaba 40, mientras Zimmermann perdía 52. El siguiente ya era Breukink, que precedía a Rominger. El suizo, que desde el día de Selvino solo había tenido un fogonazo de inspiración en Chiesa Valmalenco, volvía a aparecer por las primeras posiciones. Perdía 1:39. El séptimo era Delgado a 1:55, tal vez el peor de los que partían como favoritos para hacer algo bueno en la etapa. Y eso que, por fin, el día había despejado y apareció el sol tras tantas jornadas de mal tiempo. Aunque peor le fue a Bernard, quien hubiera sido el claro favorito en condiciones normales. Por culpa de una caída del día anterior, se vió obligado a no tomar la salida. El francés retornaba a casa, tras una carrera que le había reportado 3 triunfos parciales y la sensación de que había días que era imparable. Su próximo objetivo sería el Tour, aunque ahí las cosas le fueron peor que en Italia.

Así pues, la carrera la tenía Hampsten herida de muerte. Breukink estaba ya a 2:06, y solo una hecatombe en la última crono le hubiera quitado la victoria al lider del Seven Eleven. La lucha más emocionante era la que definiría el tercer integrante del podio, puesto por el que luchaban Zimmermann y Giupponi. Si bien estaban a más de 5 minutos de la maglia rosa, les separaban solo 17 segundos. Aunque el Giro estaba llegando a su fin, aún quedaban cosas interesantes por pasar. Y si tenía que ocurrir algo, por fuerza debía ser en la siguiente etapa, última de montaña con 3 puertos de montaña, el primero de ellos el Passo Duran.

Pero en este Giro, no todo sucedía en la carretera. Mientras los corredores descansaban de la cronoescalada, por la tarde, surgía otra bomba: Visentini, Giupponi y Zimmermann eran declarados positivos por no presentarse al control antidopaje. Tras el susto, se revocó la sanción y finalmente no pasó nada. En fin, cosas de los Giros de los años ochenta.

En la carretera, Zimmermann sacó la rabia que le había producido la etapa anterior y protagonizó otra de las etapas memorables de este Giro. Lanzó un ataque en el inicio del Passo Duran, a más de 100 kilómetros de meta. Era un ataque de todo o nada y, en este deporte, los valientes suelen tener recompensa. La ofensiva pilló al resto de favoritos descolocados. Eso, y la dureza de las rampas de esta "Cima Coppi" (debido a la suspensión de la original, el Stelvio, el premio había pasado a situarse en el Passo Duran) hicieron que por la cima pasaran los corredores en reducidos grupos. El primero de ellos, tras Zimmermann, estaba compuesto por Hampsten, su gragario Pierce, Conti y Giuliani. Pasaban a 45 segundos del suizo. Breukink, a quien se le agotaba la gasolina en este final de Giro, perdía veinte segundos más en la cima, pero en el descenso les daba caza. La bajada también era aprovechada por Giuliani para irse de sus acompañantes y dar caza a Zimmermann. A partir de ahí, el duo de cabeza se entendió perfectamente, mientras que por detrás Hampsten y Breukink no se percataban del peligro que se cernía sobre ellos. Hasta que a 75 km de meta las noticias cantaban que el lider del Carrera llevaba 6 minutos de ventaja sobre ellos. ¡Zimmermann era lider virtual!

El americano y el holandés no se pusieron nervisos. Tras muchos kilómetros en los que no conseguían bajar la diferencia, aflojaron la marcha y dejaron que el gran grupo, en el que estaban sus gregarios, les cogieran. A partir de ahí, sus equipos se pusieron a tirar para enjugar la diferencia. El paso de los kilómetros y la orografía de la parte final de la etapa (totalmente llana) hicieron el resto. A 15 kilómetros del final Hampsten recuperaba la maglia rosa virtual, y en meta la deferencia era de poco más de 3 minutos. Zimmermann dejaba ganar a Giuliani y él se situaba segundo en la general, a casi 2 minutos de Hampsten.

Todo estaba listo para terminar de decidir la general en la crono de la última etapa. El penúltimo día, nueva volata con victoria de Rosola. Y el último día, en el sector matutino, victoria del suizo Freuler. Los viejos sprinters se reivindicaban en este final de carrera.


Por la tarde no hubo sorpresas. En un Giro en el que se produjeron tantas, eso era un hecho novedoso en sí mismo. Hamspten mantuvo la maglia rosa, mientras que Breukink, mejor rodador, superaba a Zimmermann. Fue el único cambio en los primeros puestos de la general. En cuanto a la etapa, se impuso el polaco Piasecki, por delante de Vanderaerden y Rominger. El ganador se vió beneficiado por el hecho de que los últimos salieran con lluvia y viento. El mal tiempo quiso asistir a la despedida de una carrera de la que había sido el gran protagonista.

Así pues, Hampsten se imponía en el Giro, siendo acompañado en el podio por Breukink y Zimmermann. Giupponi y Chioccioli eran cuarto y quinto, con gran malestar para el segundo, que siempre consideró que su compañero no le había ayudado lo suficiente cuando defendía la maglia rosa. Giovannetti, joven promesa, era sexto, por delante de Delgado, que había fallado en su objetivo de ganar la corsa rosa. No así en su otro objetivo, preparar el Tour, pues todos sabemos lo que ocurrió un mes después en las carreteras francesas.

Se cerraba una edición del Giro que ha quedado para el recuerdo por la dantesca etapa del Gavia pero que, como hemos visto, deparó mucho más espectáculo durante los 21 días que duró. El día que los corredores entraban en el infierno helado del Gavia, estaban haciendo que la edición 71ª del Giro pasara a la posteridad como la carrera en la que se volvió al ciclismo de antaño, aquel en el que los corredores eran héroes que desafiaban a los elementos con la única ayuda de una bicicleta. Por ellos, bien valga este recuerdo a ese lejano año, del que más de veinte años nos separan ya.