jueves, 25 de julio de 2013

Vuelta a España 1987: La cima del ciclismo colombiano

  
Nairo Quintana
En estos tiempos en los que se habla del resurgir del ciclismo colombiano, espoleado por los segundos puestos en el podio del Giro de Italia (por parte de Rigoberto Uran) y del Tour de Francia (por parte de Nairo Quintana), junto con los buenos resultados que en numerosas carreras están obteniendo los dos ciclistas citados y otros compatriotas (los Betancur, Henao, Duarte, Atapuma, etc), conviene recordar cuál fue el momento en el que se alcanzó la cima del ciclismo colombiano, el momento más alto en su andadura por Europa, la meca de este deporte.

"Cochise" Rodríguez
Si bien los llamados "escarabajos" tuvieron un primer gran representante en Europa con el pionero "Cochise" Rodriguez, que vistió el mítico azul Bianchi, fue en los ochenta cuando irrumpieron con fuerza en el ciclismo europeo, provocando una revolución como no se había visto antes. El primer aviso llegó en el Tour del Porvenir de 1980, donde Alfonso Florez ganaba al soviétivo Soukho, por entonces el dominador total del campo amateur. Tres años después debutaba un equipo colombiano en el Tour de Francia. Los llevaron para ser la atracción exótica, pero demostraron que, pese a estar verdes en muchos aspectos, cuando llegaban las grandes montañas muy pocos europeos podían seguirlos. Una avalancha estaba a punto de llegar. Al año siguiente repitieron en el Tour y esta vez iban comandados por el hombre que iba a capitalizar el torrente colombiano. Luis "Lucho" Herrera, el "jardinerito de Fusagasugá", sembró el terror en los colosos franceses.
Alfonso Flórez
Ganó en Alpe D´Huez y el ciclismo europeo empezó a disfrutar y a temer a los colombianos. Al año siguiente ganó dos etapas, a sumar a la que ganó su lugarteniente Fabio Parra. La amenaza era tal que se comentaba que el ganador del Tour, Hinault, había pactado con los colombianos para que no amenazaran su maillot amarillo. Ese mismo año otro compatriota, Pacho Rodriguez, era podio en la Vuelta a España, habiendo tenido opciones muy reales de ganar la carrera.


Finalmente, tras un 1986 en el que los colombianos no brillaron tanto, llegamos a 1987, concretamente a Benidorm, donde el 23 de abril arrancaba una Vuelta a España en la que tomaban la salida dos equipos colombianos, el Café de Colombia y el Ryalcao Postobón.

Álvaro Pino
Antes de que comenzara la carrera, la organización recibió el primer shock: el vigente ganador, Pino, no tomaría la salida por tendinitis. Un duro golpe para el gallego y para el Zor de Mínguez, un super equipo con corredores como Pacho Rodriguez o Fuerte pero que se quedaba sin su líder natural y con dudas sobre sus lugartenientes, por uno u otro motivo (Pacho no había vuelto a recuperar el nivel del 85, Fuerte era aún demasiado joven).

Cartel de la Vuelta 1987
Así pues, los favoritos de la carrera española volvían a ser los de 12 meses antes: Kelly y Fignon. Para poner como candidato al irlandés se utilizaba el argumento opuesto al que se dio en 1986. Si el año anterior llegaba tras arrasar en la primavera, en 1987 había fallado en las clásicas, por lo que se decía que en España tenía una revalida y aprovecharía para desquitarse. Por su parte, el parisino no había arrancado mal del todo el 1987, y se esperaba que pudiera ser el comienzo de su recuperación tras los dos años nefastos que llevaba debido a las lesiones.

Jean Luc Vandenbroucke
El prólogo tuvo lugar en Benidorm, donde venció Jean Luc Vandenbroucke (el tío de Frank), como ya había hecho en el mismo escenario hace unos meses, durante la Vuelta a Valencia. Al día siguiente su compañero Kelly cogió el liderato gracias a los segundos que ganó en un sprint intermedio bonificado, pese a que había dicho que no iba a desgastarse buscando dichas bonificaciones. En realidad, Kelly estaba como loco por conseguir esos segundos, y fue modificando su discurso para decir que solo se metería en esos sprints si veía a rivales de la general disputandolos.

Roberto Pagnin
Pagnin también se aprovechó de los sprints bonificados para quitarle el maillot a Kelly al siguiente día, pero el irlandés recuperaría el primer puesto en la crono de Valencia, donde asestaría un duro golpe a sus adversarios, pues demostró ganando la etapa que se encontraba en buena forma. Los mejores entre sus rivales eran dos contrarrelojistas españoles, Blanco Villar y Gorospe. Del gallego se dudaba si podría superar la montaña, aunque el hecho de que su compañero Dietzen también hiciera una buena crono permitía a Teka contar con un dúo de líderes poderoso. Gorospe, que ya en aquellos tiempos (4 años después del mazazo de Hinault en Serranillos) era considerado la eterna promesa del ciclismo español, permanecía a la espera de pasar la reválida de la montaña y comprobar si su rendimiento estaría por fin a la altura de su talento.

Henri Abadie
El día antes de la montaña pirenaica, en una etapa ondulada con final en Barcelona, Pagnin recuperaba el liderato al finalizar con éxito una fuga en compañía del francés Abadie (esta pareja sería famosa a lo largo de la Vuelta merced a la enorme cantidad de kilómetros que se hicieron escapados). Pero en el primer contacto con la montaña, la etapa andorrana con final en Grau Roig, se demostró lo que iba a ser esta Vuelta 87. Pese a que ganó un español, el corredor del modesto Zahor Ibañez Loyo (antiguo campeón de España), los colombianos coparon los primeros puestos de la etapa, comandados por un imperial Herrera que se fue del grupo de los favoritos cuando quiso. En cualquier caso, el "Jardinerito" solo pudo ser tercero, pues fue batido en el sprint por el segundo puesto por un Belda que también hizo una gran ascensión.

Jesús Ibañez Loyo
A menos de 20 segundos de ellos entró el grupito con Cubino (el jovencísimo bejarano presentaba en sociedad su fenomenal estilo al escalar), Arroyo (otro que parecía salir del túnel en el que llevaba 2 años debido a sus famosas fiebres de malta) o Delgado. Kelly, Gorospe y Dietzen llegaban en un numeroso grupo a menos de un minuto, y el irlandés recuperaba el amarillo. Los derrotados de la jornada eran Fignon (aquejado de un catarro, se venía rumoreando durante varios días con su abandono, pero pese a perder tiempo en Grau Roig, su pundonor le hizo aguantar en carrera) o Cabestany, que era el favorito que salía peor parado de la jornada, sin duda aciaga para los Caja Rural porque Lejarreta tampoco tenía un buen día. El primer contacto con las cumbres nos dejaba a Kelly de amarillo (pero habiendo demostrado una vez más sus flaquezas en la alta montaña), a un heterogéneo grupo de españoles (con ciclistas como Gorospe, Delgado o Arroyo) preparados para asaltar el primer puesto, con Dietzen amenazador, con Herrera que pegaba un salto enorme en la general y desmentía el rumor de que había venido exclusivamente a rodarse para el Tour, y con Fignon prácticamente sin opciones a la victoria.

Laudelino Cubino
Al día siguiente Cerler se presentaba en la Vuelta a España. Durante aquellos años (últimos ochenta y primeros noventa) la montaña aragonesa fue sinónimo de buen ciclismo, algo que con el paso de los años se ha perdido en gran parte. La etapa en cuestión fue movida desde el principio, puesto que el Cantó se subió a toda velocidad, provocando cortes en los que favoritos como Perico quedaban relegados, aunque finalmente hubo reagrupamiento. Otro de los damnificados fue Gorospe, que se cayó nada más darse la salida y estuvo todo el día a contrapié, pese a lo cual salvó los muebles razonablemente bien. El gran animador de la jornada fue Arroyo. El abulense se volvía a encontrar como en sus grandes tiempos y jugó a ganador, atacando con Miguel Induráin para alcanzar a la escapada del día. El trabajo del navarro fue excelente, pero a Arroyo le tocó trabajar en el inicio de la subida final, con lo que posteriormente pagó las consecuencias. Cuando los escapados del día fueron cazados, saltó el colombiano Morales, preparando el terreno para su jefe de filas, Herrera. A partir de ahí llegó la bellísima lucha entre tres magníficos escaladores: Belda, Herrera y Cubino se pasaron los últimos kilómetros atacándose entre ellos, en una batalla de la que se erigió vencedor el joven bejarano, que consiguió ganar esta disputa entre 3 corredores que bien podían representar el pasado (Belda), el presente (Herrrera) y el futuro (Cubino) de la estirpe de los escaladores. Si bien la revelación del BH ganaba con 10 segundos de ventaja sobre sus dos rivales, por detrás la emoción estuvo presente durante toda la ascensión, pues Kelly perdió muy pronto contacto con los mejores y se pasó la subida entera a remolque y tratando de minimizar las pérdidas. Para ello contó con unos lugartenientes (Gastón y Da Silva) que estuvieron soberbios. Pese a todo, finalmente el irlandés se dejó 2 minutos en lo alto. Curioso el destino, que hizo al año siguiente que en el mismo escenario oscense las alegrías se tornaran lágrimas (y viceversa) para Kelly y Cubino. Así pues, Dietzen recogía el liderato con tan solo 2 segundos de ventaja sobre Kelly, mientras que Delgado (que cruzó la meta con el alemán a 42 segundos de Cubino) y Gorospe (que llegó con Kelly pese a sus heridas) pasaban a ser los estiletes españoles. El hundimiento del día era para el equipo Caja Rural, con Cabestany perdiendo 6 minutos y Lejarreta cerca del cierre de control (que hubo de ser ampliado por la dureza que hubo en toda la jornada). Fignon seguía quemando etapas sin perder del todo el tren de la general (llegó entre los grupos de Dietzen y Kelly) y Herrera continuaba escalando puestos, colocándose cuarto a 49 segundos.

Iñaki Gastón
Las dos etapas entre Pirineos y el sistema cantábrico sirvieron para que dos españoles se anotaran triunfos parciales, aunque de diversa forma. Gastón ganaba en un tradicional feudo de sprinters, Zaragoza, merced a un excepcional ataque en el último kilómetro de la etapa que desarboló la llegada masiva, mientras que el veterano Yañez ganaba en Pamplona gracias a un ataque lejano que fue consentido por el pelotón (aunque posteriormente le fue retirada la victoria por dar positivo).

Enrique Aja
Grupo agrupado subiendo Alto Campoo

Y llegó la montaña cántabra y los cielos se desplomaron sobre los corredores. Todo el buen tiempo que había hecho los días anteriores (incluidos Pirineos) desapareció de la noche a la mañana. En la etapa de Alto Campoo cayeron chuzos de punta, incluso nevó. Así pues, los ciclistas decidieron que no era un día para jugar a ser valientes y no hubo lucha en el durísimo puerto del Escudo. En la subida final, muy tendida, solo Arroyo quiso ser atrevido, pero la floja pendiente no permitía irse a nadie. Además, Blanco Villar se comportó como un escudero de lujo de Dietzen, con lo que todos los favoritos llegaron agrupados, por detrás del ganador de etapa, Aja, y de Nijboer. Enrique Aja daba al Teka un nuevo triunfo casero, así que la jornada era redonda para los hombres dirigidos por González Linares.

"Lucho" Herrera escalando los Lagos
Sin embargo, al día siguiente el escenario cambió por completo en los Lagos de Covadonga. "Lucho" Herrera realizó una exhibición, pues atacó a mitad de subida y nadie consiguió ni alcanzarle ni minimizar las pérdidas. Llegó a meta con 1:26 sobre el segundo, un Belda que estaba teniendo una excepcional actuación en la montaña de esta edición. Junto a Belda entró un Kelly que estuvo sobresaliente. Realizó una ascensión en progresión, dejando ir primero a los escaladores como Herrera, Belda y Vargas, permaneció junto al líder Dietzen (ayudado un día más por un enorme Blanco Villar), pero cuando vio que el ritmo de los Teka no era suficiente, tiró hacia adelante junto a un Arroyo que finalmente se desinfló, llegando hasta la altura de Belda y tirando de él en las zonas favorables, sin duda consciente de la amenaza que representaba Herrera.

Puesto que Dietzen se dejó casi dos minutos, el nuevo líder pasaba a ser el jefe de filas de Café de Colombia, aclamado por todo el mundo al finalizar la jornada como el mejor escalador del mundo. Nadie le había podido seguir y su ritmo había sido infinitamente superior al de los demás. En el capítulo de derrotados del día, además del alemán, se incluyen tanto Delgado (que se descolgó muy pronto y perdió todas sus opciones) como Gorospe (que sufrió un descalabro aún mayor debido a sus problemas físicos). Todo el mundo consideraba a Kelly como el indiscutible favorito. Por fin había conseguido realizar una gran actuación, nada menos que en el máximo exponente de la alta montaña española de los años ochenta, y tenía a todos sus rivales por detrás en la general, a excepción de un Herrera del que se esperaba un naufragio en la crono de Valladolid, próximo test importante de la carrera.  Dietzen estaba cerca del irlandés, pero había demostrado menos que Kelly tanto en crono como en montaña. Los siguientes en la general, Vargas y Belda, estaban ya muy lejos, y se esperaba que tras Valladolid lo estuvieran aún más.

Pero hasta Valladolid la Vuelta se introdujo en un periplo por tierras asturianas y gallegas que podían haber servido para desgastar al líder Herrera y a sus compatriotas colombianos (ya se veía claramente que el Postobon podía ser un apoyo del Café de Colombia en caso de que "Lucho" lo necesitara). En vez de eso, la Vuelta entró en una espiral de sopor y la lucha por la clasificación general sufrió un adormecimiento que amenazó con eliminar el interés por la carrera. Fueron seis etapa en las que no hubo lucha entre los grandes. Ni los Teka, que posiblemente contaban con el equipo más fuerte, ni los Kas, que estaban contentos con la situación, movieron con insistencia la carrera. En lugar de ello, propiciaron escapadas que permitían repartir los triunfos de etapa entre varios equipos y conformaban a los modestos. El único que parecía con rabia estos días era Fignon, que pese a haber sufrido en las etapas de montaña aún no estaba tan lejos en la general y aprovechó la etapa de Ferrol para unirse a una fuga postrera (con la etapa ya decidida entre los escapados del día) y rebañar un minuto a los favoritos. Además de este hecho, el francés empezó a luchar por las bonificaciones, por lo que en el pensamiento colectivo se daba por hecho que el parisino estaba recuperado de sus dolencias y que llegaba fuerte al final de la Vuelta. Un final en el que, habida cuenta de la falta de un liderazgo claro en las llegadas montañosas hasta la fecha (Grau Roig, Cerler, Alto Campoo y Lagos de Covadonga), todo podía pasar. Terreno había en los 4 días sucesivos que se encadenaban desde la crono de Valladolid, con la citada prueba en solitario, la etapa de la Sierra de Ávila y dos etapas por la Sierra de Madrid.

Jesús Blanco Villar
Pero llegó la contrarreloj y se mantuvo a grandes rasgos el "statu quo" de la carrera. Kelly no pudo ganar la etapa, que fue para un inmenso Blanco Villar, pero recuperó el liderato. Ésa fue la primera sorpresa del día, pero hubo más. Cuando todos esperaban la debacle de Herrera, el colombiano hizo una digna crono, perdiendo 1 minutos y 21 segundos con el irlandés y solo bajó al segundo puesto de la general. Tras pasar el terreno más desfavorable para él, se encontraba a 42 segundos del liderato. Dietzen se quedó unos segundos por detrás de él. Belda naufragaba y dejaba el puesto de mejor español en la general a Delgado, que estaba empatado con el colombiano Vargas en el cuarto puesto de la general, pero a un mundo de Kelly (3 minutos y 39 segundos). A falta de la ración montañosa con la que se despedía la Vuelta, solo Kelly, Herrera y Dietzen contaban con opciones reales de ganar si no se producía una situación insólita como la de la Vuelta 85. Kelly tenía a su favor el puñado de segundos de ventaja con el que contaba, y las buenas sensaciones que dio en los Lagos de Covadonga. Herrera había sido el mejor escalador de la carrera hasta el momento, y tenía que recortar menos de un minuto al irlandés en 3 etapas favorables para él. Dietzen tenía que recuperar terreno tanto a Herrera como a Kelly, pero también tenía cerca en la general a su compañero Blanco Villar, con lo que el Teka podía jugar con las tácticas de equipo. El perdedor del día era Fignon, ya que el parisino defraudó las expectativas que se tenían sobre él tras ver su forma los días anteriores, siendo 14º de la etapa, quedando 11º de la general a más de 5 minutos.

Kelly a punto de abandonar
Pero si ésta era la situación previa a la etapa más importante de esta edición de la carrera, la que concluía en el velódromo Adolfo Suarez de Ávila, todo saltó por los aires al inicio de esa jornada. En el kilómetro 14 se daba la noticia que se venía rumoreando en los círculos periodísticos más afines al equipo Kas (los medios de comunicación vascos) pero que nadie se atrevía a confirmar. El líder de la carrera, Sean Kelly, tenía un forúnculo del que había sido operado unos días antes y cuyos dolores le impedían continuar en la carrera. Nada menos que el maillot amarillo se retiraba, lo que dejaba la carrera sin el patrón que desde la salida en Benidorm era unánimemente considerado máximo favorito. "Lucho" pasaba a ser el lider virtual, con Dietzen a un puñado de segundos. El alemán vio la estrategia clara, y se dedicó a buscar todos los segundos de bonificación posibles en los sprints intermedios. Eso hizo que el líder Herrera tuviera que adoptar una actitud ofensiva. Y así fue como en el encadenado final (Pedro Bernardo, Serranillos y Navalmoral) la carrera entró en una espiral de emoción. En el primero de los 3 puertos atacó Lejarreta, único puntal del Caja Rural toda vez que su compañero Cabestany se había retirado unos kilómetros antes. Tras un cortísimo descenso se inició Serranillos, y el puerto abulense no defraudó. El escenario de la machada de Hinault en el 83 iba a ser de nuevo protagonista de momentos claves en esta Vuelta 1987.
Fignon entrando vencedor en Ávila
A un ataque de Fignon le dio rápida continuidad "Lucho" Herrera. La carrera ya estaba loca, y de ello se iba a aprovechar Herrera para cimentar el mayor éxito del ciclismo colombiano. El ritmo solo lo siguen un puñado de escogidos, entre los que están Vargas, Delgado, Portillo y Cubino. Alcanzan a los fugados Omar Hernández y Abadie. Un poco más adelante dan caza a Marino Lejarreta, convirtiéndose en cabeza de carrera. Los últimos metros de Serranillos se hacen terribles por el ritmo que imprime Omar Hernández, al que solo pueden seguir Herrera y Fignon, con Delgado y Lejarreta que cruzan la pancarta a unos segundos. Nada más coronar Fignon pone la directa y se marcha, mientras el resto del pelotón cabecero se reagrupa. Dietzen conjura momentáneamente el peligro que la escapada de Herrera había provocado. Pero no será por mucho tiempo. Navalmoral, un puerto de rampas tendidas, es donde Herrera, preocupado por la ventaja de Fignon y por la compañía de Dietzen, da la clase magistral con la que cerrar la Vuelta 1987.
Herrera entra en Ávila dando un mazazo a la general
Ataca y nadie es capaz de seguirlo. Tras coronar, se pone en persecución de Fignon y, aunque se dejará en meta más de un minuto con el parisino, también consigue otro minuto de ventaja sobre el grupo de los demás favoritos. En un final un tanto caótico (Fignon casi se mete al velódromo por la desviación de los vehículos, Herrera está a punto de ser atropellado por un coche al empezar la segunda vuelta al anillo), los dos hombres culminan una gran exhibición que les reporta importantes beneficios.
Los dos triunfadores del día
El francés consigue una victoria de mucho tronío y (autor de una espectacular remontada) se coloca tercero de la general. El "jardinerito de Fusagasugá" troca su maillot rojo de mejor escalador por el amarillo de líder de la general. Una clasificación que pasa a comandar con un minuto sobre Dietzen y más de 3 minutos sobre Fignon, Delgado y Vargas, que parece que se jugarán el tercer puesto del podio (un puesto que finalmente se llevaría el parisino).

Perico Delgado intentando un último ataque sobre Herrera
Aunque quedan dos etapas de montaña por la serranía madrileña, los grandes momentos de la Vuelta 87 ya han tenido lugar, con la culminación en Ávila. Al día siguiente el menú incluye 7 puertos hasta llegar a las Destilerías DYC, con el trío final Abantos, la Mina y Navacerrada. Los equipos colombianos (Ryalcao Postobon y Café de Colombia) bloquean la carrera y, pese a los ataques de Delgado, Cubino o Gastón en Navacerrada, es el colombiano de Postobon Omar Hernández el que corona el último puerto del día en cabeza y se impone en meta. Herrera tiene la situación controlada y, al día siguiente, última jornada montañosa de la carrera, tan solo se registra la gran victoria de Pacho Rodriguez, el colombiano de BH que endulza la jornada a su equipo, que recibía en el mismo día el golpe de la baja de Cubino, una de las revelaciones de esta edición. Era la cuarta victoria de etapa para el país sudamericano, a las que había que sumar la general de la montaña para Herrera y la clasificación por equipos para Ryalcao Postobon. Por supuesto, todo eso eran las guindas que coronaban la gran victoria en la general de Herrera, primera (y única hasta ahora) de un sudamericano en una Gran Vuelta. A "Lucho" le escoltaban entre los 10 primeros Oscar Vargas (5º), Henry Cardenas (9º) y Omar Hernández (10º). Todo un éxito que se refrendaría al día siguiente en el madrileño Paseo de la Castellana.
"Lucho" Herrera se corona vencedor en Madrid
Tras el enorme éxito que supuso para Colombia la Vuelta a España 1987, se pensaba que los conocidos como "escarabajos" habían llegado para dominar el ciclismo a partir de su superioridad en las cumbres. Herrera redondeó su gran año con un quinto puesto en el Tour de Francia, venciendo por segunda vez la general de la montaña. Para el año siguiente, después de ganar la Dauphiné Liberé, la prensa francesa daba a "Lucho" como el máximo favorito para la victoria en París, con la que se culminaría la ascensión del ciclismo colombiano a los cielos. Lo que se ignoraba en aquél momento es que dicha ascensión ya había tocado techo, y había sido un año antes, en aquella tarde de mayo en el Paseo de la Castellana de Madrid. Herrera solo pudo ser sexto en aquél Tour de 1988, y Colombia ya había empezado la cuesta abajo. Una cuesta abajo que, debido a que tenía una pendiente muy ligera, aún no se detectaba. Más aún debido a que Fabio Parra, el lugarteniente de Herrera, madurado y habiendo volado libre al equipo Kelme, mantenía los buenos resultados consiguiendo ser podio en el Tour 1988, disputando hasta el último metro la victoria de la Vuelta 1989 a Perico Delgado y consiguiendo mantenerse cuatro años seguidos entre los 5 primeros de la ronda española.

Fabio Parra
Pero "Lucho" ya no volvió a tener una oportunidad tan propicia como en aquella Vuelta 1987. Siguió manteniendo la magia, puesto que tanto en 1989 como en 1992, sus dos únicas participaciones en el Giro, consiguió triunfos de etapa, y en 1991 volvió a dejar su perfume de fino escalador en la Vuelta a España, venciendo a la campeón de nuevo en los Lagos de Covadonga. Pero a su ligero motor ya no le quedaba mucha más gasolina. Cuando tanto "Lucho" como Fabio Parra se retiraron a finales de 1992, los sucesores (los Mejía, Farfán, etc) no consiguieron mantener el nivel y la pendiente cuesta abajo de repente se hizo muy abrupta. Las montañas europeas, que durante la segunda mitad de los años ochenta habían sido dominadas por los colombianos, se quedaron sin ellos. Tan solo algún destello individual se mantuvo, pero el dominio se había acabado por completo. El ejercito colombiano se retiraba al otro lado del océano, tras haber estado a punto de derrumbar las murallas del vetusto ciclismo europeo, pero habiéndose quedado sin conseguirlo.

Ahora, más de 25 años después de aquellas batallas, parece que las nuevas generaciones de escarabajos llegan con muchas fuerzas. ¿Conseguirán superar lo que lograron sus antecesores? En los ochenta consiguieron dominar las montañas, se impusieron en muchas etapas, monopolizaron las clasificaciones de mejores escaladores, obtuvieron podio tanto en la Vuelta como en el Tour, pero solo ganaron una Grande de 3 semanas, la Vuelta 1987. La más alta cima, el maillot amarillo del Tour en Paris, aún no ha sido escalado. Solo el tiempo dirá si esta nueva generación conseguirá superar el último reto.

viernes, 1 de febrero de 2013

Vuelta a España 1986: El triunfo del pundonor

La Vuelta 1986 nació con dos grandes favoritos. Por un lado, Sean Kelly, el dominador sin discusión de la temporada hasta ese momento. Su arranque de año había sido prodigioso, ganando la Sanremo, Paris-Roubaix, la Vuelta al País Vasco y, por supuesto, "su" Paris-Niza. Además, había sido segundo en el Tour de Flandes. Poco más se podía pedir a una primavera, pero Kelly era insaciable y quería demostrar que también podía con las vueltas de 3 semanas. Por otro lado, Laurent Fignon, el antiguo ganador del Tour en 1983 y 1984, que tras pasar un nefasto 1985 debido a las lesiones parecía que volvía a reencontrarse consigo mismo, tras vencer en gran campeón la Flecha Valona. Si el lider del equipo System U (que corrió la Vuelta bajo el patrocinio de Pegaso) recuperaba un nivel cercano al de dos años atrás, la opinión general es que nadie podría hacerle frente.

Y la Vuelta arrancó con un prólogo y una etapa en línea que se desarrollaban en la isla de Mallorca. En el prólogo Thierry Marie (especialista en esta disciplina) no falló y se puso de lider. Pero el System U no estaba dispuesto a defender ese liderato y al día siguiente una cabalgada del galo Marc Gómez, del Reynolds, le dió la etapa y el liderato. Gómez aguantó el primer puesto en las 3 etapas siguientes, que se resolvieron en sprints, con un balance de dos victorias españolas (algo excepcional en aquella época cuando de llegadas masivas se trataba) a cargo de Manuel Jorge Domínguez y Alfonso Gutiérrez, y una victoria extranjera que obtuvo Eddy Planckaert.

Pero con la llegada de las primeras dificultades montañosas (los puertos de la Sía y Alisas en la etapa de Santander) se produjeron los primeros escarceos con relevancia para la clasificación general. Kelly decidió apostar por un ataque valiente en el descenso del Portillo de la Sía y se marchó junto a dos Teka (Aja y Chozas), que corrían en la tierra del patrocinador y querían reventar la carrera. La escapada fue finalmente reducida, pero el equipo cántabro acabó consiguiendo sus objetivos merced a un ataque postrero del gallego Blanco Villar que le reportó la etapa y el liderato.

Al día siguiente, primer final en alto de la carrera, en los Lagos de Covadonga. El primero de los grandes en dar la cara fue Lejarreta, que impuso un fuerte ritmo a mitad de subida que acusaron tanto el lider Blanco Villar como los dos grandes favoritos, Kelly y Fignon. Posteriormente el escocés Robert Millar tomó el mando de los acontecimientos y a base de tirones se acabó quedando solo en cabeza, para vencer con un puñado de segundos sobre Dietzen, Delgado y Pino. Tras la enorme decepción que se llevó el año anterior, el británico demostraba que venía con muchas ganas de vengarse de lo sucedido 12 meses antes.

Tras otra etapa de transición que condujo al pelotón hasta Oviedo se disputó la cronoescalada al Naranco, un puerto corto situado a las afueras de la capital asturiana. Lejarreta sacó toda su clase para imponerse por un suspiro sobre el favorito Kelly, que no estaba pudiendo demostrar la gran forma que se le presuponía. Millar resistió el liderato conquistado en los Lagos, pero Pino se le acercó peligrosamente gracias a un sorprendente tercer puesto, ya que Delgado fallaba y perdía el segundo puesto de la general que tenía hasta entonces.

En la estación de esquí de San Isidro tan solo se produjo el hecho reseñable de la exhibición de Mottet, gregario de Fignon, que ganó merced a una escapada lejana, desarbolando a todos sus compañeros de fuga, el último de ellos el lider de la montaña, Laguía. El grupo de los favoritos llegó agrupado merced a las débiles pendientes del puerto final. Pese a ello, Kelly y Fignon volvieron a naufragar y parecía claro que sus opciones de ganar prácticamente se habían esfumado. Millar tenía el liderato muy bien atado, pero las diferencias entre los primeros aún eran mínimas y todo estaba aún en el aire.

Sin descanso, volvió a haber batalla en la siguiente etapa, camino de Palencia. Los abanicos fueron aprovechados por Fignon y Kelly para eliminar rivales como Parra, Dietzen o Mottet, que perdían casi 4 minutos. Si en la montaña no estás al mismo nivel de fuerzas que tus adversarios, utiliza otras artes de la competición, debieron pensar ambos. Kelly no desaprovechó la oportunidad y se anotó su primer parcial de esta edición.

Al día siguiente, la crono más larga de la carrera, 29 kms en Valladolid. Mottet sacó toda la clase que se le supone al ganador del Gran Premio de las Naciones del año anterior y se impuso con suficiencia, por delante de un sorprendente Dietzen y del favorito Kelly, que definitivamente no estaba a un nivel adecuado para ganar la carrera. Pino seguía recortando segundos a Millar cada vez que había una prueba contra el reloj, y le daba la vuelta a la general, alcanzando el liderato con una renta de 33 segundos sobre el escocés. Delgado y Lejarreta se quedaban como las únicas alternativas al dúo que comandaba la general.

La etapa segoviana, trascendental el año anterior, solo sirvió para que Dietzen se reivindicara, venciendo el sprint de un grupito que consiguió llegar con ventaja sobre el pelotón. Si no hubiera sido por los abanicos de Palencia el alemán sería en ese momento el lider de la general, merced a su regularidad, sin grandes estridencias pero manteniéndose siempre en los primeros puestos tanto en montaña como en contrarreloj. El lider del Teka representaba lo que actualmente se denominaría un corredor diesel.

En la etapa de la sierra madrileña se estrenaba Abantos, y allí Pino estuvo soberbio, marcando el ritmo y continuando el trabajo de destrozo que habían comenzado los Pegaso atacando en el avituallamiento. En el alto de la Mina solo Parra, Millar y Madiot resistían al lider gallego, pero finalmente por detrás apretaron los descolgados y el grupo de los mejores llegó agrupado a meta, donde Kelly no tuvo problemas en lograr su segunda victoria de etapa.

Las tres siguientes jornadas supusieron días de transición que aprovecharon los valientes del pelotón para que cuajaran escapadas en las que se impusieron Recio, Egiarte y Bondue. Todos esperaban la 17ª etapa, con final en Sierra Nevada, última llegada en alto de la carrera. Millar se había mostrado el más fuerte en montaña, pero Pino estaba resultando muy superior en la contrareloj. Habida cuenta de que el último día los corredores tendrían que enfrentarse con una crono de 22 kms en Jerez de la Frontera, el escocés debía dar el todo por el todo para doblegar al gallego de Ponteareas.


Y en la etapa de Sierra Nevada pasaron muchas cosas pero pocas nuevas. Ganó de nuevo Yáñez, como la otra ocasión en que la Vuelta había subido al coloso andaluz (en 1979, aunque solo se llegó a Pradollano), gracias a una escapada lejana en la que acabó doblegando al colombiano Patrocinio Jiménez. Volvió a atacar Millar, volvió a demostrar su fortaleza Pino. Los que sí fallaron fueron Delgado y Lejarreta. El segoviano no se estaba encontrando a gusto los días precedentes y lo notó desde el inicio de la interminable ascensión a Sierra Nevada. Se quedó cuando faltaban muchos kilómetros para llegar a meta, y acabó perdiendo casi 8 minutos. Lejarreta aguantó mucho más en el grupo de los favoritos, pero cuando finalmente se quedó estaba reventado y perdió más de 4 minutos en meta. Mientras tanto, los dos primeros de la general jugaron al gato y al ratón. Millar sabía que necesitaba un ataque a la desesperada, y demarró a nada menos que 15 kms para meta. Vio que nadie era capaz de seguirle, así que decidió que ése era el ataque bueno y tiró para arriba sin mirar atrás. Llegó a tener casi un minuto de ventaja, era líder virtual. Por detrás, Anselmo Fuerte se convirtió en el ángel de la guarda de Pino. Mantuvo la diferencia por debajo del minuto hasta que quedaban pocos kilómetros a meta. En ese momento Fignon se encontró bien y tensó el grupo. Eran los peores momentos de Pino, a cola del reducido grupo de perseguidores y viendo como Millar marchaba muy por delante. Pero en ese momento sacó su proverbial pundonor, encontró fuerzas donde parecía que no le quedaban, se puso en cabeza del grupo y fue reventando a los Winnen, Fignon o Dietzen. Finalmente se quedó solo con Kelly. La estampa del maillot amarillo y el maillot verde (el irlandés dominaba la clasificación de la regularidad) juntos era de una gran plasticidad, junto con la emotividad de la importancia de lo que se estaban jugando en persecución del líder de la montaña. Rodaron en armonía varios kilómetros, con Pino tirando del dúo todo el rato, hasta que pasado Pradollano el irlandés dijo basta y, extenuado, dejó marchar al gallego. El ritmo de Pino era en ese momento endiablado, pues estaba viendo que podía darle la vuelta a la complicada situación que le había planteado Millar. Por fin, a pocos kilómetros para alcanzar la meta y jaleado por Javier Mínguez (su director deportivo), Pino da caza a Millar. Intenta un tímido ataque pero el escocés aguanta bien, por lo que llegan a meta juntos, dejando al resto de candidatos a la victoria final sin opciones más que para buscar el último escalón del podio. En lo que respecta a su duelo particular, Pino conservó más de medio minuto de ventaja, que todo parecía indicar que sería suficiente para conquistar el último maillot amarillo.

En las etapas siguientes todos decidieron guardar fuerzas, aunque en el caso de Millar no fueron todo lo plácidas que hubiera deseado merced a un abanico que le cogió en fuera de juego en la etapa con llegada a Puerto Real. El Panasonic tuvo que trabajar durante muchos kilómetros, y finalmente todo quedó en un susto merced a la ayuda del Orbea, obligado porque sus líderes Lejarreta y Cabestany también se habían quedado retrasados en el segundo grupo.

El último gran puerto de la carrera, Las Palomas, se pasó sin que hubiera batalla merced a un acuerdo de los corredores. La justificación fue el mal estado de las carreteras, la dureza acumulada y el viento de cara que soplaba ese día. Lo cierto es que tras tantos días luchando, decidieron tomarse un día de descanso por su cuenta. La que pudo ser la última ocasión de Millar pasó sin que nadie se moviera, aunque en el ambiente general todos pensaban que Pino estaba suficientemente fuerte como para resistir cualquier ataque. Era sin duda el ganador virtual, pero debía refrendarlo el último día, en la crono de Jerez.

Y ese día sin duda lo refrendó. Ganó la etapa por delante de un motivadísimo Fignon, que no quería irse de vacío de esta Vuelta. Por supuesto, consiguió aún más diferencia con Millar, superando la barrera del minuto en la general final. El gallego había conseguido la victoria más grande de su carrera deportiva, hasta el momento magra de victorias de relumbrón más allá de una victoria de etapa en la Vuelta 1981, cuando era neoprofesional. Pero sin duda su gran victoria fue el reconocimiento de la gente, la alegría general ante la victoria de un corredor sin renombre para el gran público. Cuando en esa última etapa cogió la recta final y pudo oír la explosión de júbilo general, sin duda Pino tuvo que pensar que todo el trabajo había valido la pena. Al terminar la carrera, un Pino emocionado tenía un muy emotivo recuerdo a su compañero Alberto Fernández, tristemente fallecido menos de 2 años antes. El gallego seguía siendo ese hombre humilde, la victoria no le cambió. Siempre tuvo muy claras las cosas, cuánto costaba llegar donde había llegado y el valor que tenían el trabajo y el sacrificio.

En cuanto a los demás protagonistas de la carrera, Millar volvió a ser, como 12 meses antes, el gran derrotado. Esta vez ni siquiera había sido el más fuerte, aunque visto lo que pasó en la Vuelta 1985, incluso pudo ser un consuelo. El escocés volvió a quedarse con la miel en los labios, y dijo que el año siguiente no volvería a la Vuelta y probaría suerte en el Giro.

Kelly consiguió el tercer escalón del podio, aunque más apuradamente de lo esperado ante Dietzen. El irlandés fue inferior a los grandes escaladores, pero demostró en días como el de Sierra Nevada que podía con la gran montaña de la Vuelta. Parecía listo para asaltar el primer puesto los años posteriores, aunque cada año que pasaba jugaba en su contra, pues estaba a punto de cumplir 30 años.

En definitiva, fue una Vuelta que registró la victoria de un corredor sorpresa, compañero de generación de esas vedettes (Delgado, Lejarreta, Alberto Fernández, etc) que habían levantado el ciclismo español en el primer lustro de los años ochenta, pero que no había destacado hasta ese momento como ellos. Y, de repente, emergió por delante de todos en esta carrera ganada a base de pundonor y demostrando ser el mejor. Fue sin duda el gran momento de Pino, que en cualquier caso ya no dejaría de ser uno de los actores principales del ciclismo español de finales de los años ochenta, como lo demuestran sus actuaciones en el Tour 1986 o en la Vuelta 1988. El corredor de perfil bajo que existía antes había dado paso a una estrella, pero a su manera; sin traicionar lo que siempre había pensado y cómo había actuado. Fue sin duda la victoria del pundonor y del esfuerzo.

sábado, 7 de enero de 2012

Milano - Sanremo 1990: ¡Por fin, estoy curado!


Gianni Bugno acaba de tomar la última curva de la subida al Poggio de San Remo, la mítica ascensión situada en los kilómetros finales de la conocida como "Classicissima", el primer Monumento en orden cronológico de la temporada ciclista y, para los italianos, el considerado mundial de primavera. ¿La última curva de la subida? Bueno, para Gianni tal vez ésa sea la manera optimista de mirar la situación. La manera pesimista sería decir que es la primera curva de la bajada que lleva a San Remo, a la meta de la carrera en Vía Cavallotti, 4 kilómetros después, de los cuales solo el último es llano. Cualquier buen aficionado conoce en líneas generales la dificilísima bajada que se muestra a continuación. Cualquier ciclista que lleve unos años disputando la San Remo se conoce como la palma de la mano los "tornanti" (curvas de casi 180º) que dificultan el descenso. Y cualquiera que se llame Gianni Bugno sabe el calvario que ha tenido que pasar durante los últimos años al afrontar descensos complicados, todo desde aquella maldita caída en el Giro de 1988.

Menos de dos años antes Bugno, jovencísima promesa en ciernes del ciclismo italiano, apenas 24 años entonces, disputa el Giro con el equipo Atala. Pese a dejar destellos de su calidad, en la cuarta etapa debe abandonar la carrera víctima de una tremenda caída. Las consecuencias para Bugno, todo clase pero poseedor de una frágil moral, serán catastróficas. A partir de ese momento le coge pánico a los descensos. Pero sabe que un profesional no puede contar con ese handicap. Bugno, hijo del ciclismo moderno que se está empezando a fraguar en los ochenta, donde los médicos empiezan a ser casi más importantes que los directores de equipo, se pone en manos de psicólogos para que le ayuden a superarlo. Finalmente, será la música clásica la que le permitirá recuperar la confianza, volver a tener seguridad y afrontar los descensos con garantías.

Mientras tanto, la curva de su carrera sigue ascendiendo. Miembro de la bautizada como generación del 64, va dando pequeños pero seguros pasos que le llevarán, junto a sus compañeros de generación como Induráin o Breukink, a dominar los primeros noventa. El 89 es un buen año para él, gana los tres valles varesinos y una etapa en el Giro (además de ser segundo en el campeonato de Italia y undécimo en el Tour) y se prepara para dar el gran salto al estrellato en 1990. Para ello, nada como dar el primer aldabonazo de la temporada en una de las carreras más amadas por sus compatriotas, la Milan - San Remo. Pero Bugno, que transpira clase por todos los costados de su cuerpo, no se conforma con ganar. Quiere dar una lección, vencer a lo grande. Para ello, nada mejor que ganar atacando desde lejos. En una carrera que tiene su punto culminante en el Poggio (a 4 kilómetros de meta), que provoca una importante selección en la Cipressa (16 kilómetros más atras), él decide atacar aún antes. A 33 kilómetros de meta se marcha de la vigilancia del pelotón junto a Conzonieri. En la Cipressa suelta a su compañero de fuga. Su ataque es marca de la casa: tras pedirle un par de veces el relevo y no recibirlo, afronta el comienzo de la ascensión en cabeza y de repente se levanta, da un par de pedaladas con aparente sencillez que elevan el ritmo lo suficiente como para que se abra un ligero hueco de 1 metro. No hace falta más. Bugno vuelve a sentarse y sigue subiendo como si fuera un cicloturista, como si aquello no fuera con él y tuviera todo el tiempo del mundo para llegar a la meta. Sin embargo, su antiguo compañero de fuga y ahora rival ve como el lider del Chateau D´Ax se aleja irremediablemente. Y lo que es peor, sin despeinarse, sin aparente esfuerzo. Bugno será así siempre, tanto en sus grandes exhibiciones como en sus más famosas pájaras. Jamás se descompondrá, jamás hará grandes movimientos o gestos encima de la bicicleta que denoten agonía o sufrimiento. Ganará o perderá siempre como si acabara de salir con la bicicleta a comprar el pan a la vuelta de su casa. Sin duda, Bugno fue uno de los arquetipos de la "Clase", con mayúsculas, sobre los pedales.

Tras el descenso de la Cipressa, en los kilómetros que hay hasta el Poggio, le da tiempo a disfrutar de las preciosas vistas que a su izquierda se vislumbran del mar de la Liguria. La carretera corre pegada a la costa y es el último momento que Bugno tiene para disfrutar, puestos que inmediatamente se coge una desviación a la derecha y comienza la subida a la última dificultad orográfica de la jornada. Son poco más de 3 kilómetros, pero en este caso se cumple el dicho de que no son las balas las que matan, sino la velocidad a la que se disparan. Y en el caso del Poggio, no es la dureza la que castiga, sino la velocidad a la que se sube. Siempre a un ritmo endiablado. Una vez que el pelotón enfila la subida, todo el mundo sabe que lo que hay adelante es un sprint de 3 kilómetros y en subida. Bugno guarda fuerzas. Por detrás, un grupo con Golz, Argentin, Skibby, Colotti, Fondriest y Delion, la "creme" de la carrera, le persigue. A mitad de subida el alemán Rolf Golz sale del grupo con una velocidad endiablada. En poco rato, está a 10 segundos de Bugno. Pero la subida es corta, el italiano aprieta y consigue llegar a este punto, última curva, con unos 8 segundos de ventaja. Ante él, la gran oportunidad de conseguir una victoria que da lustre a la carrera de cualquier ciclista transalpino. Pero para ello tiene que arriesgar en el descenso, tiene que jugarsela y no pensar en las consecuencias de una caída, de otra caída.

Cuando 4 minutos después llega a la pancarta del último kilómetro, sabe que no solo ha ganado la carrera. El alemán está a 5 segundos y no hay terreno suficiente para que se los recorte. Sabe que además se ha curado definitivamente de su miedo a los descensos. No hay mejor prueba de ello que haber superado la bajada del Poggio. Al cruzar la meta, con tranquilidad y sin preocuparse de un Golz que hace un intento vano de llegar a su altura en los últimos metros, Bugno pone la primera piedra del trinfal edificio que construirá en este 1990. Además de la "Classicissima", se llevará el triunfo en el Giro con 3 etapas, la Wincanton Classic, la Clásica de San Sebastián, la etapa de Alpe D´Huez en el Tour, y la general de la Copa del Mundo, demostrando que es el mejor ciclista del año y posicionándose en un inmejorable lugar para ser el dominador mundial a partir del año siguiente, con su gran asalto al Tour. Por desgracia para Gianni, todos sabemos lo que pasó posteriormente, y como un mocetón de Villaba se interpuso en los planes de Bugno y frustró estas expectativas. A pesar de ello, las grandes victorias siguieron sumándose a su palmarés, como el bicampeonato del mundo y de Italia o el Tour de Flandes. Pero todas ellas habían empezado en una curva, la última curva de la subida al Poggio o primera de su descenso.


viernes, 15 de abril de 2011

Amstel Gold Race 1985: Los viejos rockeros nunca mueren

El 27 de abril de 1985 se está disputando la 20ª edición de la Amstel Gold Race. La carrera holandesa, con salida en Heerlen y llegada en Meerseen, va a presenciar una batalla solo apta para corredores duros, ciclistas del norte, sabedores de que el primer adversario al que deben vencer no es otro que los elementos. Y entre todos esos corredores destaca un veterano, curtido en mil batallas, gran campeón pero al que la adversidad había estado a punto de derrotar en el pasado. No es otro que Gerrie Knetemann, el holandés del Skill. Un corredor amante de las clásicas, de las carreras duras, que había sido un gran campeón en ese terreno. "De Kneet", como era apodado, es el clásico ciclista holandés cuyo coto de caza era la primavera, aunque alargaba su temporada hasta convertir las etapas llanas del Tour en una pesadilla para los escaladores. Basta decir que la mayor parte de su carrera la pasó en el mítico Ti-Raleigh, para tener el prototipo de ciclista del Benelux. Junto a Jan Raas formaba la pareja de rodadores estrellas del equipo holandés pero, al contrario que su introvertido compañero, Gerrie era un bromista y adoraba el contacto con el público tanto como el público lo adoraba a él.

Además, era un ciclista de enorme clase, puesto que su palmarés supera ampliamente el centenar de victorias. Sin duda, por encima de todas está su campeonato del mundo ganado el 1978 en Nurburgring (Alemania) delante de un Francesco Moser pletórico. Pero Knetemann lo derrotó al sprint y se apropió de un arco iris que añadir a su victoria en la Amstel Gold Race de 1974 (¡en su primera temporada de profesional!), a sus 10 etapas ganadas en el Tour de Francia, y a la ingente cantidad de victorias de prestigio que fue acumulando, entre ellas la Paris-Niza, el Tour del Mediterraneo, etc. Pero todo eso estuvo a punto de ser tirado por la borda durante la disputa de la carrera A través de Flandes del año 1983. En un año que había empezado con muy buen rendimiento (1º en el Tour del Mediterraneo, 2º en la Tirreno-Adriatico y 3º en la Estrella de Beseges), tuvo la mala fortuna de sufrir un terrible y escalofriante accidente contra un coche en un día de perros. Se temió por su vida, pero finalmente consiguió sobrevivir. Con lo que nadie contaba era con que volviera al ciclismo profesional, tras haber cumplido ya los 32 años. Pero Gerrie era una persona tenaz y consiguió volver a ponerse un dorsal. Ya no era el corredor de antes de su lesión, así que a finales de 1983 no fue a ninguno de los dos equipos que surgieron tras la desaparición del Ti-Raleigh: ni al Panasonic de Raas ni al Kwuantum de Post. En vez de eso, tuvo que rebajar su categoría para recalar primero en el Boule D´or, luego en el Skill para ayudar a Kelly y finalmente en el PDM recién creado con la capitanía de Pedro Delgado hasta su retirada al acabar los años ochenta.



En este 1985 se encuentra en el Skill. Pero por aquellos años la Amstel Gold Race coincide con la disputa de la Vuelta a España, donde está participando Kelly. Por tanto, Knetemann puede jugar sus bazas, sobre todo cuando se encuentra como único representante de su equipo en el corte bueno de la carrera, que se forma con casi una veintena de ciclistas entre los que están corredores de la categoría de Kuiper, Bauer, Roche, Criquelion, Zoetemelk o Anderson. Con Van der Poel escapado por delante desde hace muchos kilómetros, el grupo le persigue. Es sin duda un día de perros. En una aceleración del grupo en un repecho, ni siquiera una subida de las 17 catalogadas por la organización, todo un reciente vencedor de la Sanremo como Kuiper no puede seguir a sus compañeros y se queda.



Era Verhoeven el que había provocado junto a Van der Poel el peligroso corte que podía ser definitivo, pero sufrió un pinchazo y dejó a su compañero de escapada solo en cabeza. En un momento dado el grupo se divide en dos, verhoeven se queda por detrás, pero junto a su compañero de equipo Broers se lanza a la caza del grupo delantero. Verhoeven es en este 1985 una gran promesa en aquellos tiempos, el año anterior había ganado el campeonato holandés amateur. Otro integrante del grupo como Bauer también es una gran promesa: un jovencito prometedor que fue medalla de bronce en los mundiales del año pasado con solo 3 semanas de profesional.



Una vez que el grupo se vuelve a juntar se produce un nuevo ataque de Verhoeven al salir de una curva, al que responde Knetemann y, posteriormente, el resto del grupo. Se abren permanentemente huecos dentro del grupo. Son solo 5, 10 metros, pero que en estas condiciones y con la dureza acumulada sobre los corredores, se hacen muy difíciles de recortar. Finalmente Van der Poel es cazado y dejado atrás. Llega el momento decisivo y Verhoeven, pletórico de fuerzas, vuelve a escaparse, ahora en solitario. Para su ataque aprovecha que Anderson está en cabeza del grupo hablando con su coche y ataca por el otro lado del vehículo, sorprendiendo a todos. Por detrás de él ya solo resiste un cuarteto perseguidor con el australiano Anderson, Knetemann, Versluys y Lieckens.

Anderson intenta un ataque para irse en solitario a la caza de Verhoeven pero solo consigue descolgar a Versluys, corredor del Hitachi. Versluys se recupera y alcanza a sus 3 compañeros, demarrando nada más llegar a su altura. Solo Knetemann se suelda a su rueda, mientras Anderson y Liekens mantienen una guerra de nervios que los elimina. Knetemann comprende que es su oportunidad y se pone a tirar del Hitachi. Con la dureza que acumulan los corredores cada vez se encuentra mejor. Lleva el peso de la persecución y cada vez sus pedaladas son más poderosas, hasta que finalmente Versluys debe ceder a su empuje y queda descolgado.

Cuando pasan por el Cauberg, a 9 km de meta, Verhoeven finalmente aparece delante de él. El terreno es ascendente y el joven holandés va excesivamente lento en comparación con su veterano compatriota. Knetemann mueve un desarrollo enorme para los porcentajes que ascienden y la dureza acumulada. Finalmente Gerrie alcanza al joven del Skala y no lo duda ni un instante. Nada más llegar a su altura suelta un durísimo demarraje. Verhoeven intenta ir tras él, pero no tarda ni 5 segundos en darse cuenta de que es imposible, de que hoy ese anciano venerable pero prácticamente desahuciado ha recuperado las privilegiadas piernas que le permitieron ser uno de los terrores de las carreteras del norte durante la década pasada. La fuerza con la que el corredor del Skill golpea los pedales recuerda forzosamente a las de un Vulcano martilleando machaconamente en su fragua. Hoy Knetemann es el protagonista, ha dejado de ser el gregario de Kelly, ha recuperado las sensaciones de años atrás, cuando saboreó las mieles del maillot arcoiris y tantas otras victorias. El accidente en A través de Flandes queda muy atrás, ya no recuerda que todos lo daban por acabado, que a su edad (35 años en aquel momento), nadie apostaba por que volviera a competir a un nivel aceptable. Pero sí recuerda las muestras de cariño que recibió tras su accidente, recuerda que el holandés es un pueblo agradecido con sus grandes ciclistas, y les va a dar una victoria épica por la forma en que se ha desarrollado y las condiciones climatológicas. Les va a demostrar que pese a que la juventud suele ser un valor que aporta pujanza, el viejo veterano curtido en mil batallas hoy va a dejar totalmente tirado a la promesa que el año anterior se coronaba campeón de Holanda amateur. Pero no solo ha sido superior a él, sino también a los Roche, Anderson, Bauer, etc, que van llegando a varios minutos de Knetemann a la línea de meta.



Cuando entra en Meerseen como vencedor, el viejo gigante se ha convertido en un niño que no puede parar de llorar. Once años después ha vuelto a ganar la gran carrera de su tierra, cuando nadie creía ya que reverdecería las glorias pasadas. El aprecio y cariño del público es unánime y entregado. Aunque al año siguiente volvería a ganar la Vuelta a Holanda, esta Amstel fue el último gran triunfo de Gerrie. Años después sería seleccionador nacional de Holanda y en 2004 fallecería víctima de un ataque al corazón. Pero ese frío y desapacible día de abril de 1985 demostró que el maldito accidente de la clásica A través de Flandes no le impidió despedirse a lo grande firmando el canto del cisne de los grandes rodadores holandeses de los años setenta, que dominaron las llanuras embutidos en sus maillots del Ti-Raleigh. Su época ya había pasado, los cantos de internacionalización estaban a punto de llamar a las puertas del ciclismo y era tiempo de abrir ese antiguo coto vedado a otras nacionalidades. Pero Knetemann había dejado esta carrera para recordar que un día ellos habían sido los únicos dominadores del inhóspito Norte. Los viejos rockeros nunca mueren, permanecen para siempre en nuestro corazón.