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viernes, 1 de febrero de 2013

Vuelta a España 1986: El triunfo del pundonor

La Vuelta 1986 nació con dos grandes favoritos. Por un lado, Sean Kelly, el dominador sin discusión de la temporada hasta ese momento. Su arranque de año había sido prodigioso, ganando la Sanremo, Paris-Roubaix, la Vuelta al País Vasco y, por supuesto, "su" Paris-Niza. Además, había sido segundo en el Tour de Flandes. Poco más se podía pedir a una primavera, pero Kelly era insaciable y quería demostrar que también podía con las vueltas de 3 semanas. Por otro lado, Laurent Fignon, el antiguo ganador del Tour en 1983 y 1984, que tras pasar un nefasto 1985 debido a las lesiones parecía que volvía a reencontrarse consigo mismo, tras vencer en gran campeón la Flecha Valona. Si el lider del equipo System U (que corrió la Vuelta bajo el patrocinio de Pegaso) recuperaba un nivel cercano al de dos años atrás, la opinión general es que nadie podría hacerle frente.

Y la Vuelta arrancó con un prólogo y una etapa en línea que se desarrollaban en la isla de Mallorca. En el prólogo Thierry Marie (especialista en esta disciplina) no falló y se puso de lider. Pero el System U no estaba dispuesto a defender ese liderato y al día siguiente una cabalgada del galo Marc Gómez, del Reynolds, le dió la etapa y el liderato. Gómez aguantó el primer puesto en las 3 etapas siguientes, que se resolvieron en sprints, con un balance de dos victorias españolas (algo excepcional en aquella época cuando de llegadas masivas se trataba) a cargo de Manuel Jorge Domínguez y Alfonso Gutiérrez, y una victoria extranjera que obtuvo Eddy Planckaert.

Pero con la llegada de las primeras dificultades montañosas (los puertos de la Sía y Alisas en la etapa de Santander) se produjeron los primeros escarceos con relevancia para la clasificación general. Kelly decidió apostar por un ataque valiente en el descenso del Portillo de la Sía y se marchó junto a dos Teka (Aja y Chozas), que corrían en la tierra del patrocinador y querían reventar la carrera. La escapada fue finalmente reducida, pero el equipo cántabro acabó consiguiendo sus objetivos merced a un ataque postrero del gallego Blanco Villar que le reportó la etapa y el liderato.

Al día siguiente, primer final en alto de la carrera, en los Lagos de Covadonga. El primero de los grandes en dar la cara fue Lejarreta, que impuso un fuerte ritmo a mitad de subida que acusaron tanto el lider Blanco Villar como los dos grandes favoritos, Kelly y Fignon. Posteriormente el escocés Robert Millar tomó el mando de los acontecimientos y a base de tirones se acabó quedando solo en cabeza, para vencer con un puñado de segundos sobre Dietzen, Delgado y Pino. Tras la enorme decepción que se llevó el año anterior, el británico demostraba que venía con muchas ganas de vengarse de lo sucedido 12 meses antes.

Tras otra etapa de transición que condujo al pelotón hasta Oviedo se disputó la cronoescalada al Naranco, un puerto corto situado a las afueras de la capital asturiana. Lejarreta sacó toda su clase para imponerse por un suspiro sobre el favorito Kelly, que no estaba pudiendo demostrar la gran forma que se le presuponía. Millar resistió el liderato conquistado en los Lagos, pero Pino se le acercó peligrosamente gracias a un sorprendente tercer puesto, ya que Delgado fallaba y perdía el segundo puesto de la general que tenía hasta entonces.

En la estación de esquí de San Isidro tan solo se produjo el hecho reseñable de la exhibición de Mottet, gregario de Fignon, que ganó merced a una escapada lejana, desarbolando a todos sus compañeros de fuga, el último de ellos el lider de la montaña, Laguía. El grupo de los favoritos llegó agrupado merced a las débiles pendientes del puerto final. Pese a ello, Kelly y Fignon volvieron a naufragar y parecía claro que sus opciones de ganar prácticamente se habían esfumado. Millar tenía el liderato muy bien atado, pero las diferencias entre los primeros aún eran mínimas y todo estaba aún en el aire.

Sin descanso, volvió a haber batalla en la siguiente etapa, camino de Palencia. Los abanicos fueron aprovechados por Fignon y Kelly para eliminar rivales como Parra, Dietzen o Mottet, que perdían casi 4 minutos. Si en la montaña no estás al mismo nivel de fuerzas que tus adversarios, utiliza otras artes de la competición, debieron pensar ambos. Kelly no desaprovechó la oportunidad y se anotó su primer parcial de esta edición.

Al día siguiente, la crono más larga de la carrera, 29 kms en Valladolid. Mottet sacó toda la clase que se le supone al ganador del Gran Premio de las Naciones del año anterior y se impuso con suficiencia, por delante de un sorprendente Dietzen y del favorito Kelly, que definitivamente no estaba a un nivel adecuado para ganar la carrera. Pino seguía recortando segundos a Millar cada vez que había una prueba contra el reloj, y le daba la vuelta a la general, alcanzando el liderato con una renta de 33 segundos sobre el escocés. Delgado y Lejarreta se quedaban como las únicas alternativas al dúo que comandaba la general.

La etapa segoviana, trascendental el año anterior, solo sirvió para que Dietzen se reivindicara, venciendo el sprint de un grupito que consiguió llegar con ventaja sobre el pelotón. Si no hubiera sido por los abanicos de Palencia el alemán sería en ese momento el lider de la general, merced a su regularidad, sin grandes estridencias pero manteniéndose siempre en los primeros puestos tanto en montaña como en contrarreloj. El lider del Teka representaba lo que actualmente se denominaría un corredor diesel.

En la etapa de la sierra madrileña se estrenaba Abantos, y allí Pino estuvo soberbio, marcando el ritmo y continuando el trabajo de destrozo que habían comenzado los Pegaso atacando en el avituallamiento. En el alto de la Mina solo Parra, Millar y Madiot resistían al lider gallego, pero finalmente por detrás apretaron los descolgados y el grupo de los mejores llegó agrupado a meta, donde Kelly no tuvo problemas en lograr su segunda victoria de etapa.

Las tres siguientes jornadas supusieron días de transición que aprovecharon los valientes del pelotón para que cuajaran escapadas en las que se impusieron Recio, Egiarte y Bondue. Todos esperaban la 17ª etapa, con final en Sierra Nevada, última llegada en alto de la carrera. Millar se había mostrado el más fuerte en montaña, pero Pino estaba resultando muy superior en la contrareloj. Habida cuenta de que el último día los corredores tendrían que enfrentarse con una crono de 22 kms en Jerez de la Frontera, el escocés debía dar el todo por el todo para doblegar al gallego de Ponteareas.


Y en la etapa de Sierra Nevada pasaron muchas cosas pero pocas nuevas. Ganó de nuevo Yáñez, como la otra ocasión en que la Vuelta había subido al coloso andaluz (en 1979, aunque solo se llegó a Pradollano), gracias a una escapada lejana en la que acabó doblegando al colombiano Patrocinio Jiménez. Volvió a atacar Millar, volvió a demostrar su fortaleza Pino. Los que sí fallaron fueron Delgado y Lejarreta. El segoviano no se estaba encontrando a gusto los días precedentes y lo notó desde el inicio de la interminable ascensión a Sierra Nevada. Se quedó cuando faltaban muchos kilómetros para llegar a meta, y acabó perdiendo casi 8 minutos. Lejarreta aguantó mucho más en el grupo de los favoritos, pero cuando finalmente se quedó estaba reventado y perdió más de 4 minutos en meta. Mientras tanto, los dos primeros de la general jugaron al gato y al ratón. Millar sabía que necesitaba un ataque a la desesperada, y demarró a nada menos que 15 kms para meta. Vio que nadie era capaz de seguirle, así que decidió que ése era el ataque bueno y tiró para arriba sin mirar atrás. Llegó a tener casi un minuto de ventaja, era líder virtual. Por detrás, Anselmo Fuerte se convirtió en el ángel de la guarda de Pino. Mantuvo la diferencia por debajo del minuto hasta que quedaban pocos kilómetros a meta. En ese momento Fignon se encontró bien y tensó el grupo. Eran los peores momentos de Pino, a cola del reducido grupo de perseguidores y viendo como Millar marchaba muy por delante. Pero en ese momento sacó su proverbial pundonor, encontró fuerzas donde parecía que no le quedaban, se puso en cabeza del grupo y fue reventando a los Winnen, Fignon o Dietzen. Finalmente se quedó solo con Kelly. La estampa del maillot amarillo y el maillot verde (el irlandés dominaba la clasificación de la regularidad) juntos era de una gran plasticidad, junto con la emotividad de la importancia de lo que se estaban jugando en persecución del líder de la montaña. Rodaron en armonía varios kilómetros, con Pino tirando del dúo todo el rato, hasta que pasado Pradollano el irlandés dijo basta y, extenuado, dejó marchar al gallego. El ritmo de Pino era en ese momento endiablado, pues estaba viendo que podía darle la vuelta a la complicada situación que le había planteado Millar. Por fin, a pocos kilómetros para alcanzar la meta y jaleado por Javier Mínguez (su director deportivo), Pino da caza a Millar. Intenta un tímido ataque pero el escocés aguanta bien, por lo que llegan a meta juntos, dejando al resto de candidatos a la victoria final sin opciones más que para buscar el último escalón del podio. En lo que respecta a su duelo particular, Pino conservó más de medio minuto de ventaja, que todo parecía indicar que sería suficiente para conquistar el último maillot amarillo.

En las etapas siguientes todos decidieron guardar fuerzas, aunque en el caso de Millar no fueron todo lo plácidas que hubiera deseado merced a un abanico que le cogió en fuera de juego en la etapa con llegada a Puerto Real. El Panasonic tuvo que trabajar durante muchos kilómetros, y finalmente todo quedó en un susto merced a la ayuda del Orbea, obligado porque sus líderes Lejarreta y Cabestany también se habían quedado retrasados en el segundo grupo.

El último gran puerto de la carrera, Las Palomas, se pasó sin que hubiera batalla merced a un acuerdo de los corredores. La justificación fue el mal estado de las carreteras, la dureza acumulada y el viento de cara que soplaba ese día. Lo cierto es que tras tantos días luchando, decidieron tomarse un día de descanso por su cuenta. La que pudo ser la última ocasión de Millar pasó sin que nadie se moviera, aunque en el ambiente general todos pensaban que Pino estaba suficientemente fuerte como para resistir cualquier ataque. Era sin duda el ganador virtual, pero debía refrendarlo el último día, en la crono de Jerez.

Y ese día sin duda lo refrendó. Ganó la etapa por delante de un motivadísimo Fignon, que no quería irse de vacío de esta Vuelta. Por supuesto, consiguió aún más diferencia con Millar, superando la barrera del minuto en la general final. El gallego había conseguido la victoria más grande de su carrera deportiva, hasta el momento magra de victorias de relumbrón más allá de una victoria de etapa en la Vuelta 1981, cuando era neoprofesional. Pero sin duda su gran victoria fue el reconocimiento de la gente, la alegría general ante la victoria de un corredor sin renombre para el gran público. Cuando en esa última etapa cogió la recta final y pudo oír la explosión de júbilo general, sin duda Pino tuvo que pensar que todo el trabajo había valido la pena. Al terminar la carrera, un Pino emocionado tenía un muy emotivo recuerdo a su compañero Alberto Fernández, tristemente fallecido menos de 2 años antes. El gallego seguía siendo ese hombre humilde, la victoria no le cambió. Siempre tuvo muy claras las cosas, cuánto costaba llegar donde había llegado y el valor que tenían el trabajo y el sacrificio.

En cuanto a los demás protagonistas de la carrera, Millar volvió a ser, como 12 meses antes, el gran derrotado. Esta vez ni siquiera había sido el más fuerte, aunque visto lo que pasó en la Vuelta 1985, incluso pudo ser un consuelo. El escocés volvió a quedarse con la miel en los labios, y dijo que el año siguiente no volvería a la Vuelta y probaría suerte en el Giro.

Kelly consiguió el tercer escalón del podio, aunque más apuradamente de lo esperado ante Dietzen. El irlandés fue inferior a los grandes escaladores, pero demostró en días como el de Sierra Nevada que podía con la gran montaña de la Vuelta. Parecía listo para asaltar el primer puesto los años posteriores, aunque cada año que pasaba jugaba en su contra, pues estaba a punto de cumplir 30 años.

En definitiva, fue una Vuelta que registró la victoria de un corredor sorpresa, compañero de generación de esas vedettes (Delgado, Lejarreta, Alberto Fernández, etc) que habían levantado el ciclismo español en el primer lustro de los años ochenta, pero que no había destacado hasta ese momento como ellos. Y, de repente, emergió por delante de todos en esta carrera ganada a base de pundonor y demostrando ser el mejor. Fue sin duda el gran momento de Pino, que en cualquier caso ya no dejaría de ser uno de los actores principales del ciclismo español de finales de los años ochenta, como lo demuestran sus actuaciones en el Tour 1986 o en la Vuelta 1988. El corredor de perfil bajo que existía antes había dado paso a una estrella, pero a su manera; sin traicionar lo que siempre había pensado y cómo había actuado. Fue sin duda la victoria del pundonor y del esfuerzo.

domingo, 31 de octubre de 2010

Vuelta a España 1985: Perder cuando ya has ganado

Hay muchas maneras de perder una gran ronda por etapas. Pero perderla cuando has demostrado ser el más fuerte, derrotado por un rival que ha sido inferior a ti en todos los terrenos, y viendo cómo todos tus rivales se alían en tu contra, seguramente sea de las peores. Eso debió pensar Robert Millar el 11 de mayo de 1985 cuando, tras cruzar la meta de la penúltima etapa de la Vuelta a España, interiorizó que la carrera que llevaba trabajándose 3 semanas, que había ido madurando en cada uno de los terrenos en que ésta se había desenvuelto, se le escapaba, yendo a parar a las manos de un dicharachero segoviano que, exultante, disfrutaba de la algarabía general que se concentraba en torno a él.

Cuando el escocés Millar fue a buscar consuelo en su director, el francés Pierre Roland (encargado de dirigir los intereses del equipo Peugeot por tierras españolas), poco más pudo encontrar que una cara de incredulidad. Roland masticaba su derrota, aún dándole vueltas a la gran duda que le atormentaba en su mente: ¿había perdido la Vuelta o se la habían hecho perder? Esa pregunta continuaba martilleando su cerebro aún mucho más tarde de terminar la etapa.

Unos metros más allá, Peio Ruiz Cabestany, hasta ese día tercero en la general, la gran revelación de la carrera (o mejor sería decir la gran confirmación de la carrera tras su brillante victoria en la Vuelta al País Vasco poco antes) se abrazaba con Delgado, su compañero de equipo en el MG-Orbea, y con Txomin Perurena, el director de ambos. El vasco de raíces catalanas había sido el sacrificado, siendo expulsado del podio. Pero sabía que no le quedaba más remedio, que tendría que esperar a un futuro que en aquel momento se presentaba muy prometedor para poder aprovechar una nueva oportunidad.

Aún más lejos, Javier Mínguez contemplaba la escena mientras trataba de insuflar ánimos a su corredor Francisco "Pacho" Rodríguez. A tan solo 10 segundos del liderato antes de comenzar la etapa, el colombiano veía en meta como no solo mantenía esa desventaja con Millar, sino también como Perico Delgado le superaba. Al fin y al cabo, un segundo o un tercer puesto no significaban mucha diferencia, pero estando tan cerca del premio gordo resultaba difícil de explicar esa falta de ambición de su director. Por otro lado, nada iba a reprochar a Mínguez. Ni iba con su carácter ni hubiera sido justo después de la gran dirección que había realizado el vallisoletano durante la carrera, pues buena parte de los grandes resultados de Pacho, sobre todo en las contrarrelojes, eran deudores de la ayuda de su director.

Por último, tapado entre las sombras, un personaje destinado a jugar un rol secundario miraba maliciosamente a Roland. Por fin, cuando sus miradas se cruzaron, no pudo contener una sonrisa de victoria y de revancha. Definitivamente, ese papel de secundario no estuvo nunca destinado a Luis Ocaña, en aquel momento director de un equipo Fagor que llegó a la Vuelta para ganarla con Pedro Muñoz y que, tras el bajo rendimiento de éste, se vio obligado a conformase con una victoria de etapa de De Wolf y una actuación gris en líneas generales.

Pero para llegar a esa jornada que atravesaba la sierra madrileña, casi 3 semanas habían ido cocinando una bonita edición de la Vuelta a España. Una edición que comenzaba con un prólogo en Valladolid en el que se imponía el prematuramente desaparecido Oosterbosch, que fallecería 5 años después victima de un paro cardiaco (actualmente, está muy extendida la idea de que fue una de las primeras víctimas de la EPO). Por detrás de él, un jovencito neoprofesional de 20 años, el navarro Miguel Induráin, quien tendría su momento de gloria en la segunda etapa, coincidiendo con la entrada de la carrera en Galicia. En Orense se imponía Kelly, la gran figura extranjera de la edición, pero Oosterbosch perdía comba y el liderato pasaba a manos del neoprofesional del Reynolds, el más joven de la historia en lucirlo.

Hay que destacar que tras el excelente resultado de la edición de 1983 (en la que se contrató a golpe de talonario a la gran figura extranjera Bernard Hinault y tan buen resultado dio), en 1984 se había pegado un pequeño patinazo contratando a Francesco Moser, que se llevó el prólogo pero no estuvo a la altura que había dejado Hinault el año anterior. En este 1985 se había traído a Kelly como gran atracción, pues nadie contaba con su compañero Caritoux, que portaba el dorsal número 1. Otros extranjeros de nivel alto eran Winnen, Baronchelli o Simon, mientras que el compañero de este último en el Peugeot, un fino escalador escocés de nombre Robert Millar, pasaba más desapercibido, pese a que ya tenía en su palmarés 2 victorias de etapa en el Tour, así como un cuarto puesto de la general y un maillot de la montaña de la ronda francesa.

Tras el periplo gallego, que sirvió para comprobar que Planckaert era el mejor sprinter del inicio de la carrera y para que Baronchelli se anotara una bella victoria resistiendo en solitario al pelotón, la caravana ciclista se adentró en Asturias. Allí Echave ganó en Oviedo (con un ataque similar al de Baronchelli un día antes), en la previa a la primera etapa decisiva, la de los temidos Lagos de Covadonga. La montaña asturiana, descubierta en la gran etapa de 1983, se mantuvieron en el menú en 1984, con victoria de Dietzen aprovechando el marcaje entre Alberto Fernández y Caritoux. En esta edición de 1985 en sus cuestas se volvieron a ver las caras los que estaban destinados a ser los protagonistas de la carrera. En un grupeto comandado la mayor parte del tiempo por Millar, Delgado aprovechó su ocasión para fugarse y llegar a meta en solitario, obteniendo el doble botín de la victoria y el liderato. Tras él, Millar, Cabestany, Pino y los colombianos Parra y Pacho Rodriguez conservaban sus opciones intactas, mientras que otros como Kelly, Gorospe, Pedro Muñoz, Simon o el mismo Caritoux se despedían de las mismas.

Sin tiempo para descansar, al día siguiente había otra etapa de montaña. Sin tener un final tan duro como la etapa anterior, puesto que Alto Campoo no tiene las pendientes de los Lagos, la jornada resultó muy bella debido a la lucha que se desencadenó, cogiendo al líder Delgado en fuera de juego. Fue en la Palombera, el penúltimo puerto, en el que Kelly pasó a la acción, siendo secundado por Peio, en labores de contención para su jefe de filas. Pero posteriormente Millar volvió a demostrar que no se escondía cuando la carretera se empinaba, provocando la selección y contactando con los de cabeza junto a varios colombianos. En aquellos momentos Kelly ya no figuraba en los primeros puestos debido a un pinchazo, y por detrás se formó un gran grupo con Delgado y el resto de corredores importantes. Pero en el terreno desde la Palombera hasta el Campoo, y en la tendida ascensión final a Alto Campoo no consiguieron recortar las diferencias, con lo que los de delante se jugaron el triunfo, imponiéndose el colombiano Agudelo. Victoria histórica, al ser la primera etapa colombiana en la Vuelta. Junto al vencedor, el más contento del día era Cabestany, que recogía el maillot de líder de su compañero Delgado. Su periplo por la cornisa cantábrica había sido fantástico, pero estaba por ver si resistiría a un Millar que se estaba mostrando dominador y al colombiano Pacho Rodríguez. A partir de ellos tres, que estaban en diferencias inferiores al minuto, la brecha se abría, figurando Parra 4º a 2:20. La etapa había sido muy dura y había deparado una batalla campal, en la que el gran derrotado fue Delgado, que llegaba a meta en el puesto 34 a casi 4 minutos de los primeros. Su candidatura estaba prácticamente descartada.


Tras la tempestad llegó la calma, y en el siguiente punto caliente de la carrera, la llegada unipuerto al Balneario de Panticosa, hubo tablas entre los tres corredores que se estaban erigiendo en dominadores de la carrera. El caído en desgracia Fons de Wolf sacó una de las contadas demostraciones que dio en su carrera y se impuso tras una larguísima fuga con más de 19 minutos de ventaja sobre los favoritos. Lo más interesante de la etapa fue la tensión entre Delgado y Cabestany cuando el primero salió a un ataque postrero de Parra y se desentendió de la suerte de su líder, arañando unos segundos.

La inactividad del día anterior se compensó con la entrada de la Vuelta en Cataluña. La etapa de Tremp deparó un espectáculo vibrante en una etapa de media montaña donde el Orbea fue pillado en fuera de juego. Ninguna de sus dos grandes bazas para la general se metió en una fuga de hombres de calidad, entre los que se encontraban Millar y Pacho. Esta escapada fue adquiriendo ventaja hasta llegar a los 2 minutos. Tuvo que ser la intervención de otros equipos lo que salvara al equipo de Perurena, hasta que las diferencias en meta se quedaban en medio minuto entre el grupo en el que se impuso Kelly y el pelotón del líder. Suficiente, de todas formas, para que el "escocés del pendiente", como era conocido Millar, se alzara hasta el primer puesto de la general.

Pero la grandeza de esta Vuelta residió principalmente en los cambios que se producían en cabeza. Si el día de Tremp el lider del Peugeot realizó una jugada estratégica magistral y los Orbea desfallecieron, las tornas cambiaron completamente en Andorra, en la jornada siguiente. En un recorrido salpimentado por los altos de Cantó y la Comella, Millar quiso dar una demostración de poderío en el primero de ellos, saliendo en persona a un ataque de Pino y permaneciendo escapado durante unos kilómetros. Estos esfuerzos los pagaría en el último puerto, donde los Orbea se aliaron con los Zor para desarbolar al líder, cruzando la cima con unos metros de ventaja que se traducirían en 14 segundos tras el frenético descenso hasta Andorra. El escocés conservaba el maillot amarillo, pero sus diferencias se recortaban hasta los 10 segundos con Cabestany y a los 23 con Pacho. Parra, sigilosamente, estaba ya a solo 1:38 tras ir recortando poco a poco todos los días. Los demás (Dietzen, Delgado, Gorospe, etc) se iban por encima de los 3 minutos, pero en una Vuelta tan loca no convenía descartarlos del todo.

Y la carrera debía estar definitivamente loca cuando al día siguiente, en la cronoescalada a Pal, repetía victoria por segundo día consecutivo el colombiano Pacho Rodriguez. Las diferencias con Millar eran ajustadísimas (tan solo 10 segundos les separaban). Ese día entregaron sus opciones Parra, que se dejó 1:16 con el líder cuando no se podía permitir el lujo de perder ni un segundo, y sobre todo Cabestany, gran contrarrelojista pero al que la larga subida se le atragantó. Se dejó casi dos minutos con Millar. En una edición tan ajustada, eso suponía dejar la general en una cerrada lucha entre el escocés del Peugeot y el colombiano del Zor, separados por unos míseros 13 segundos. El problema es que a partir de ahí se acabaron las llegadas en alto, y toda la lucha previa al último fin de semana, aunque llena de emoción e incertidumbre, no movió la clasificación general. En cualquier caso, la tensión se fue acumulando día a día, como en la jornada de Benidorm, donde el viento hizo su aparición y Pacho y Delgado tuvieron que sudar para enjugar las desventajas que llegaron a acumular.


Finalmente, toda esa tensión pareció estallar en la etapa con final en Alcalá de Henares. Una etapa aparentemente tranquila, con tan solo un puerto de tercera en el recorrido, fue la que escogió Ocaña, el director del Fagor, para dinamitar la carrera. La noche anterior, en Albacete, tuvo un encontronazo verbal con el director del Peugeot, Pierre Roland. Roland tenía el maillot amarillo con Millar, el hombre que más fuerte se estaba mostrando en la carrera, y despreció la posible ayuda que el Fagor le pudiera dar. Así pues, Ocaña pensó en devolverle la afrenta. Para ello decidió que el Orbea era el equipo más adecuado, y se puso de acuerdo con Perurena. Al día siguiente, kilómetros antes del avituallamiento, fueron repartidos a los corredores de Orbea y Fagor bidones cuyo contenido era sólido. Así pues, al llegar al punto de avituallamiento y disminuir el ritmo del pelotón, el Fagor en bloque no perdió ni un momento y atacó con todos los integrantes que le quedaban en carrera. A ellos se unieron los dos estiletes del Orbea, Peio y Delgado, junto a un gregario como Zuñiga. Dos soviéticos ejercieron de convidados de piedra en la escapada. La estratagema puede parecer curiosa actualmente, pero lo cierto es que funcionó. Cuando los Peugeot se quisieron dar cuenta, la fuga estaba hecha y tenían que remontar 2 minutos contra una decena de hombres que iban a bloque y enrabietados. El ritmo se convirtió en infernal y, durante casi 80 kilómetros, los hombres de Roland fueron obligados a hacer un esfuerzo brutal para que la peligrosa escapada no se les fuera del todo. Finalmente recondujeron la situación y dieron caza a los fugados, pero las secuelas de la paliza, unidas a los varios días que llevaban defendiendo el liderato, se harían notar en jornadas posteriores. Como digo, al final todo quedó aparentemente en nada y en la meta se impuso un Juarez que supo escaparse tras el reagrupamiento y pescar en río revuelto.

La que debía ser etapa decisiva, la contrarreloj de Alcalá de Henares, dejó las cosas como estaban. Eso sí, Peio realizó un esfuerzo soberbio, ganando la etapa a pesar de tener que cambiar en dos ocasiones de bici. Además, al llegar a meta, un error de cronometraje impidió que pudiera celebrar su victoria hasta pasados unos minutos. La victoria no le permitía remontar demasiado en la general, manteniéndose tercero a 1:15 del jersey amarillo. Un liderato que mantenía Robert Millar, pese a que pinchó al igual que Peio. Gracias a esta fatalidad Pacho Rodriguez conseguía recortarle 3 segundos. Insuficiente, puesto que se quedaba a 10 segundos del escocés. Dado que los perseguidores de la general (los Gorospe, Dietzen, Delgado y Parra) realizaron peores tiempos, todo quedaba en tablas de cara a la penúltima etapa, la de la sierra de Madrid, con la Morcuera, Cotos y los Leones. Desde la cima de este último, 43 kilómetros a meta. Parecía imposible que la victoria se le escapara al jefe de filas del Peugeot.

Y por fin, llegó el día que no tenía que cambiar nada pero que lo cambió todo. Tras pasar los primeros kilómetros de la etapa, en los que se producen continuas escaramuzas en busca de las metas volantes y los sprints especiales, las hostilidades se desatan en el Puerto de la Morcuera. El soviético Osipov llegó escapado merced a un acelerón cuyo origen fue la disputa del sprint especial situado en Colmenar Viejo. En ese momento la climatología comenzó a cambiar. Lo que en la salida había sido una soleada mañana de mayo se transformó en un día frío, con precipitaciones incluso de nieve. A pesar de ello, nada hacía presagiar lo que se encontrarían los ciclistas por delante cuando se coronó la Morcuera con Osipov disfrutando de una generosa ventaja sobre un compacto pelotón.

Sin embargo, en Cotos, esta Vuelta que tantos giros había dado iba a presenciar su último salto mortal. Los acontecimientos se precipitaron a toda velocidad: Osipov rompió un radio de su bicicleta y en pocos kilómetros vería como era superado por el Kelme Recio, que había saltado del gran grupo. Por detrás, Millar tiene que cambiar de rueda por un pinchazo, lo que aprovecha Pacho Rodríguez para lanzar un ataque, bien secundado por Peio. Pero el escocés finalmente logra contactar, ayudado por Pascal Simon, el único compañero que le quedaba. El francés ha quemado sus fuerzas para reintegrarle en el grupo, y el Peugeot desaparece para el resto de la etapa, obligando a Millar a defenderse en solitario a partir de ese momento. Perico Delgado no pierde el tiempo y también suelta su ataque, duro y sostenido. Belda y De las Heras se lanzan tras él, aunque al final todos los primeros de la general coronan el puerto en distancias muy reducidas. En ese preciso instante de iniciar el descenso, el reloj de arena se pone en marcha. Perico Delgado salta del grupo y se va a por Recio. Millar está empezando a perder la Vuelta, pero él no lo sabe. Pocos kilómetros más abajo Delgado contacta con Recio, cabeza de carrera. Rápidamente deciden que el tandem puede ser bueno y empiezan a colaborar.

A pie de Los Leones, el último puerto de la carrera, la ventaja del dúo es de poco más de un minuto. Todo está controlado. Pero cuando el destino juega a ser cruel contigo, su fatalidad se va acrecentando irremediablemente. En el puerto, el grupo de los mejores se fracciona. Por delante se van, entre otros, Caritoux y Kelly, los dos Skill. Si al final de la etapa hubieran estado junto a Millar, el escocés bien hubiera podido encontrar colaboradores. Pero en ese momento el lider solo piensa en vigilar a Pacho y a Peio. La arena del reloj sigue escurriéndose entre sus dedos.

Por la abarrotada cima de Los Leones pasan Delgado y Recio a toda velocidad, mientras que el grupo de los tres primeros lo hace con parsimonia. En el descenso, Millar se permite incluso consolar con unas palmaditas cariñosas tanto a Cabestany como a Pacho Rodriguez, mientras que estos le felicitan, pues su victoria parece ya definitiva. Una vez conocido el desenlace final, las imágenes resultan de una tremenda amargura para el escocés. El reloj de arena sigue inexorable, y empieza a ser definitivo. Al paso por San Rafael la ventaja es ya de 4:30. En Los Ángeles de San Rafael ha subido hasta los 5:30. Nadie colabora en el grupo principal, donde Peio ya sabe perfectamente el estado en el que está la carrera. Por supuesto, no será él quien aclare a Millar lo que sucede por delante. Tendrá que ser Roland, el director del Peugeot, quien finalmente avise a Millar de que está perdiendo la Vuelta y que tiene que exprimirse sobre la bicicleta si quiere conservarla. Pero ya es tarde. Los últimos granos de arena están cayendo, la ventaja ha subido hasta más de 6 minutos (la ventaja de Millar sobre Delgado era de 6:13) y la lucha ya es titánica para el escocés, pues por delante ruedan dos corredores a tope y perfectamente conjuntados, mientras que por detrás solo puede tirar él, acompañado de pequeñas ayudas de corredores ya casi fundidos.

Millar está mentalmente bloqueado. Ha pasado del todo a la nada en cuestión de minutos. De las palmaditas de suficiencia que obsequiaba a Pacho y Peio en el descenso de Los Leones a los nervios que le atenazan en estos últimos kilómetros, sabedor de que la suya es una lucha condenada al fracaso. Por delante, el dúo rueda con rabia, alentado por los gritos de Carrasco, el director del Kelme. Finalmente, alcanzan la meta segoviana, con victoria de etapa para Recio sin que haga falta disputar el sprint. Es su segundo éxito parcial en esta edición de la Vuelta. El tiempo empieza a contar, y todo el público, inundado de la histeria colectiva que ha envuelto la meta, se apresta a esperar los minutos necesarios. A más de 3 minutos llega el grupo de Kelly. Parece claro que si Millar hubiera atado más en corto a estos corredores, su colaboración pudiera haber bastado para retener el amarillo. Pero el escocés marcha más atrás. Concretamente en el siguiente grupo que debe hacer su aparición en la línea de meta. Siguen pasando lentamente los segundos. Ya van más de 4 minutos, más de 5 minutos y se ve al grupo del jersey amarillo acercarse al último kilómetro. Cuando faltan centenares de metros para que crucen la pancarta final, la afición congregada en la línea de meta estalla de júbilo.

La sorpresa se ha consumado, el golpe de estado a la general de la carrera ha sido exitoso, el "escocés del pendiente" ha sido derrotado completamente por la coalición de equipos españoles, encabezada por el MG Orbea y el Kelme, a la que se han sumado equipos que podrían haber ayudado a Millar a defender su liderato, como el Zor de Mínguez o el Fagor, de nacionalidad francesa pero dirigido por Ocaña. El conquense no puede dejar de sonreír pensando en la increíble manera en que se le ha escapado la Vuelta a Pierre Roland. Un Roland que se ve incapaz de calmar a su jefe de filas, que llora desconsoladamente una derrota que apenas entiende, mientras a su alrededor se multiplican las muestras de alegría relatadas en el inicio de la narración.


Al día siguiente no hay nada que hacer, el pelotón llega al final de la Vuelta en el monumental marco de Salamanca, donde Pedro Delgado, Perico, consigue la primera gran victoria de su carrera. Mientras Laguía se proclama campeón de la montaña, Kelly de la regularidad, Van Holen de las metas volantes, Suarez Cueva de los sprints especiales y el Zor de la clasificación por equipos, el único corredor que sube al podio con el gesto vencido es Robert Millar. Sabe que ha sido el más fuerte de la carrera, pero al final ha sido el gran derrotado. Y lo peor de todo es que ni es capaz de entender aún por qué ha perdido esta carrera. Pero en ese mismo lugar, a pocos metros de la universidad donde siglos atrás Fray Luis de León retomó sus lecciones tras haber pasado 5 años en la cárcel con el famoso "Decíamos ayer...", el escocés se conjuró para volver al año siguiente y retomar lo que otros no le habían permitido terminar en ese 1985. Pero ésa es otra historia...