martes, 21 de abril de 2009

Lieja 1980: El orgullo de Hinault

A Bernard Hinault no le acababan de convencer las clásicas belgas. Mucho frío, mal tiempo, cotas cortas pero duras, cuando no empedradas. A eso hay que añadirle corredores cuya temporada se justificaba por sí sola en esas carreras primaverales, en las que ponían todo su interés, mientras que los objetivos de Hinault estaban meses después, en las soleadas tardes de julio francesas. Pese a todo eso, en 1980 el bretón ya tenía en su palmarés la Lieja, la Gante-Wevelgem y la Flecha Valona. Pero en esa temporada, tras 2 años seguidos venciendo en el Tour, su objetivo volvía a ser la "grande boucle". Además, probaba en el Giro, donde quería vencer en su primera participación. Por último, el mundial era en Sallanches (Francia), con lo que Hinault tenía motivos más que justificados para ir a por él. Como se ve, una temporada suficientemente cargada como para no forzar en primavera. Pero los resultados previos a la "Decana" impidieron contemporizar al lider de la Renault. Un 5º puesto en la Amstel, un 4º en Roubaix y un 3º en la Flecha (en aquellos años se disputaban en ese orden) llevaron a Hinault a asegurar: "Estoy seguro de que no seré 2º en la Lieja". El desafío estaba echado.

Lo cierto es que el día amaneció muy feo, con nubarrones por encima de Lieja. Todo lo contrario que 3 días antes, cuando Saronni había ganado la Flecha bien cerquita de aquí. A los 5 kms comienza a nevar. 5 kms después, en Sprimont, la tormenta está ya desatada. A partir de ese momento, el día va a ser una sucesión de nieve y frío, y los ciclistas van a luchar únicamente por sobrevivir. De hecho, en las 2 primeras horas abandonan 110 de los 174 corredores que toman la salida.

Entre todos esos abandonos, está a punto de producirse el de Hinault. Preocupado por no coger un resfriado o algo peor, el bretón piensa en el abandono. El Giro empieza en unos días y no quiere hacer peligrar su participación. Guimard, su director, le convence para que no lo haga. "Por lo menos aguanta hasta el avituallamiento", le dice. Un avituallamiento que estaba en Bastogne. "Uf, muy lejos", piensa Hinault. Pero de repente, en el grupo de corredores que están penando por sobrevivir en la carrera, descubre un anorak conocido. Mira bien. Es su compañero de equipo, Maurice Le Guilloux. Algo cambia en la mente de Hinault: "Un capitán debe ser el último en abandonar de su equipo". La decisión está tomada. No sabe en qué grupo y a cuanto de la cabeza, pero el tejón llegará a Lieja.

Por delante, los únicos que se han atrevido a escaparse son los belgas Pevenage y Peeters. Llevan ventaja sobre el grupo cuando se inicia la cota de Stockeu. Allí, Hinault, que ha recuperado su orgullo y su fuerza, ataca. Solo Lubberding y Contini pueden seguirle. Pero en días como el de hoy, no basta con tener voluntad. Hay que ser héroes para aguantar a la rueda de Hinault. Finalmente el capitán del Renault alcanza a la cabeza de carrera en la cota de Haute Levee. Poco tarda en soltarles a todos.

Así pues, el bretón se queda solo a 80 kms de meta. Es mucha distancia, las condiciones climáticas son totalmente adversas, pero las gestas se fabrican en días como éste. Hinault acelera. A partir de aquí, la lucha ya no es contra el resto de supervivientes de la jornada. La batalla es contra el mal tiempo, contra el dolor, tanto físico como mental. Al primero nunca le tuvo miedo, y sobradas oportunidades tuvo durante su carrera de demostrarlo. El segundo es más complicado de dominar. Solo, aterido por el frío, por su cabeza pasa constantemente la pregunta del por qué de esta cabalgada en solitario, la conveniencia de parar, al menos de aminorar el ritmo. En esos momentos, Hinault se dice a sí mismo continuamente: "Los corredores que van tras de mí deben estar en las mismas condiciones que yo, y si ellos pueden soportarlo, yo también".

Por fin, Hinault enfila el Boulevard de la Sauviniere, meta en aquellos tiempos de la Lieja. Hasta luce un tímido sol, como un guiño macabro tras el infierno que ha dejado atrás. Entra como ganador. Pero sin hacer gestos de alegría, sin celebrarlo. Sabe que ha llevado a su cuerpo hasta los umbrales de su resistencia, que ha sido una lucha contra sus límites. Ha vencido, pero no puede ni celebrarlo. En meta, uno de los primeros en felicitarlo es Saronni, retirado al principio del día. El italiano, rendido ante la exhibición, no da crédito. Casi 10 minutos después entra el segundo de la carrera, Kuiper. Los espectadores saben que han presenciado un hecho histórico, una demostración de las que dejan huella para siempre. Sin embargo, el protagonista solo quiere una ducha caliente. Al principio, ni siquiera se puede conceder a si mismo ese capricho. Su cuerpo no soporta el contraste entre el frío acumulado y el calor del agua. Las secuelas durarían bastante tiempo. Hasta 3 semanas después no pudo mover todos los dedos de las manos. Y, años después, aún arrastraría una pérdida de sensibilidad en los dedos. Tal vez ése sea el precio que deben pagar los que se atreven a desafiar los límites. Otros disfrutan la hazaña. Hinault acaba de completar una gesta, pero todo lo que recordará de esa Lieja-Bastoña-Lieja durante su vida es el intenso frío que siempre le perseguirá al pensar en esa carrera. Consecuencias de haber querido hacer lo que al resto de mortales no les está permitido.

3 comentarios:

SamhainDanzig dijo...

Impresionante post. Sin palabras. Qué pedazo de corredor...

SMM dijo...

Grandisima historia, fabulosa.

Que grande Hinault, y que pocos ciclistas de esa talla hay ahora......

Salu2

Pelayo dijo...

Imposible ver eso ahora. No hay nadie que arriesgue su temporada (léase Tour)por entrar en la Historia por la puerta grande