sábado 7 de enero de 2012
Milano - Sanremo 1990: ¡Por fin, estoy curado!
Gianni Bugno acaba de tomar la última curva de la subida al Poggio de San Remo, la mítica ascensión situada en los kilómetros finales de la conocida como "Classicissima", el primer Monumento en orden cronológico de la temporada ciclista y, para los italianos, el considerado mundial de primavera. ¿La última curva de la subida? Bueno, para Gianni tal vez ésa sea la manera optimista de mirar la situación. La manera pesimista sería decir que es la primera curva de la bajada que lleva a San Remo, a la meta de la carrera en Vía Cavallotti, 4 kilómetros después, de los cuales solo el último es llano. Cualquier buen aficionado conoce en líneas generales la dificilísima bajada que se muestra a continuación. Cualquier ciclista que lleve unos años disputando la San Remo se conoce como la palma de la mano los "tornanti" (curvas de casi 180º) que dificultan el descenso. Y cualquiera que se llame Gianni Bugno sabe el calvario que ha tenido que pasar durante los últimos años al afrontar descensos complicados, todo desde aquella maldita caída en el Giro de 1988.
Menos de dos años antes Bugno, jovencísima promesa en ciernes del ciclismo italiano, apenas 24 años entonces, disputa el Giro con el equipo Atala. Pese a dejar destellos de su calidad, en la cuarta etapa debe abandonar la carrera víctima de una tremenda caída. Las consecuencias para Bugno, todo clase pero poseedor de una frágil moral, serán catastróficas. A partir de ese momento le coge pánico a los descensos. Pero sabe que un profesional no puede contar con ese handicap. Bugno, hijo del ciclismo moderno que se está empezando a fraguar en los ochenta, donde los médicos empiezan a ser casi más importantes que los directores de equipo, se pone en manos de psicólogos para que le ayuden a superarlo. Finalmente, será la música clásica la que le permitirá recuperar la confianza, volver a tener seguridad y afrontar los descensos con garantías.
Mientras tanto, la curva de su carrera sigue ascendiendo. Miembro de la bautizada como generación del 64, va dando pequeños pero seguros pasos que le llevarán, junto a sus compañeros de generación como Induráin o Breukink, a dominar los primeros noventa. El 89 es un buen año para él, gana los tres valles varesinos y una etapa en el Giro (además de ser segundo en el campeonato de Italia y undécimo en el Tour) y se prepara para dar el gran salto al estrellato en 1990. Para ello, nada como dar el primer aldabonazo de la temporada en una de las carreras más amadas por sus compatriotas, la Milan - San Remo. Pero Bugno, que transpira clase por todos los costados de su cuerpo, no se conforma con ganar. Quiere dar una lección, vencer a lo grande. Para ello, nada mejor que ganar atacando desde lejos. En una carrera que tiene su punto culminante en el Poggio (a 4 kilómetros de meta), que provoca una importante selección en la Cipressa (16 kilómetros más atras), él decide atacar aún antes. A 33 kilómetros de meta se marcha de la vigilancia del pelotón junto a Conzonieri. En la Cipressa suelta a su compañero de fuga. Su ataque es marca de la casa: tras pedirle un par de veces el relevo y no recibirlo, afronta el comienzo de la ascensión en cabeza y de repente se levanta, da un par de pedaladas con aparente sencillez que elevan el ritmo lo suficiente como para que se abra un ligero hueco de 1 metro. No hace falta más. Bugno vuelve a sentarse y sigue subiendo como si fuera un cicloturista, como si aquello no fuera con él y tuviera todo el tiempo del mundo para llegar a la meta. Sin embargo, su antiguo compañero de fuga y ahora rival ve como el lider del Chateau D´Ax se aleja irremediablemente. Y lo que es peor, sin despeinarse, sin aparente esfuerzo. Bugno será así siempre, tanto en sus grandes exhibiciones como en sus más famosas pájaras. Jamás se descompondrá, jamás hará grandes movimientos o gestos encima de la bicicleta que denoten agonía o sufrimiento. Ganará o perderá siempre como si acabara de salir con la bicicleta a comprar el pan a la vuelta de su casa. Sin duda, Bugno fue uno de los arquetipos de la "Clase", con mayúsculas, sobre los pedales.
Tras el descenso de la Cipressa, en los kilómetros que hay hasta el Poggio, le da tiempo a disfrutar de las preciosas vistas que a su izquierda se vislumbran del mar de la Liguria. La carretera corre pegada a la costa y es el último momento que Bugno tiene para disfrutar, puestos que inmediatamente se coge una desviación a la derecha y comienza la subida a la última dificultad orográfica de la jornada. Son poco más de 3 kilómetros, pero en este caso se cumple el dicho de que no son las balas las que matan, sino la velocidad a la que se disparan. Y en el caso del Poggio, no es la dureza la que castiga, sino la velocidad a la que se sube. Siempre a un ritmo endiablado. Una vez que el pelotón enfila la subida, todo el mundo sabe que lo que hay adelante es un sprint de 3 kilómetros y en subida. Bugno guarda fuerzas. Por detrás, un grupo con Golz, Argentin, Skibby, Colotti, Fondriest y Delion, la "creme" de la carrera, le persigue. A mitad de subida el alemán Rolf Golz sale del grupo con una velocidad endiablada. En poco rato, está a 10 segundos de Bugno. Pero la subida es corta, el italiano aprieta y consigue llegar a este punto, última curva, con unos 8 segundos de ventaja. Ante él, la gran oportunidad de conseguir una victoria que da lustre a la carrera de cualquier ciclista transalpino. Pero para ello tiene que arriesgar en el descenso, tiene que jugarsela y no pensar en las consecuencias de una caída, de otra caída.
Cuando 4 minutos después llega a la pancarta del último kilómetro, sabe que no solo ha ganado la carrera. El alemán está a 5 segundos y no hay terreno suficiente para que se los recorte. Sabe que además se ha curado definitivamente de su miedo a los descensos. No hay mejor prueba de ello que haber superado la bajada del Poggio. Al cruzar la meta, con tranquilidad y sin preocuparse de un Golz que hace un intento vano de llegar a su altura en los últimos metros, Bugno pone la primera piedra del trinfal edificio que construirá en este 1990. Además de la "Classicissima", se llevará el triunfo en el Giro con 3 etapas, la Wincanton Classic, la Clásica de San Sebastián, la etapa de Alpe D´Huez en el Tour, y la general de la Copa del Mundo, demostrando que es el mejor ciclista del año y posicionándose en un inmejorable lugar para ser el dominador mundial a partir del año siguiente, con su gran asalto al Tour. Por desgracia para Gianni, todos sabemos lo que pasó posteriormente, y como un mocetón de Villaba se interpuso en los planes de Bugno y frustró estas expectativas. A pesar de ello, las grandes victorias siguieron sumándose a su palmarés, como el bicampeonato del mundo y de Italia o el Tour de Flandes. Pero todas ellas habían empezado en una curva, la última curva de la subida al Poggio o primera de su descenso.
viernes 15 de abril de 2011
Amstel Gold Race 1985: Los viejos rockeros nunca mueren
El 27 de abril de 1985 se está disputando la 20ª edición de la Amstel Gold Race. La carrera holandesa, con salida en Heerlen y llegada en Meerseen, va a presenciar una batalla solo apta para corredores duros, ciclistas del norte, sabedores de que el primer adversario al que deben vencer no es otro que los elementos. Y entre todos esos corredores destaca un veterano, curtido en mil batallas, gran campeón pero al que la adversidad había estado a punto de derrotar en el pasado. No es otro que Gerrie Knetemann, el holandés del Skill. Un corredor amante de las clásicas, de las carreras duras, que había sido un gran campeón en ese terreno. "De Kneet", como era apodado, es el clásico ciclista holandés cuyo coto de caza era la primavera, aunque alargaba su temporada hasta convertir las etapas llanas del Tour en una pesadilla para los escaladores. Basta decir que la mayor parte de su carrera la pasó en el mítico Ti-Raleigh, para tener el prototipo de ciclista del Benelux. Junto a Jan Raas formaba la pareja de rodadores estrellas del equipo holandés pero, al contrario que su introvertido compañero, Gerrie era un bromista y adoraba el contacto con el público tanto como el público lo adoraba a él.
Además, era un ciclista de enorme clase, puesto que su palmarés supera ampliamente el centenar de victorias. Sin duda, por encima de todas está su campeonato del mundo ganado el 1978 en Nurburgring (Alemania) delante de un Francesco Moser pletórico. Pero Knetemann lo derrotó al sprint y se apropió de un arco iris que añadir a su victoria en la Amstel Gold Race de 1974 (¡en su primera temporada de profesional!), a sus 10 etapas ganadas en el Tour de Francia, y a la ingente cantidad de victorias de prestigio que fue acumulando, entre ellas la Paris-Niza, el Tour del Mediterraneo, etc. Pero todo eso estuvo a punto de ser tirado por la borda durante la disputa de la carrera A través de Flandes del año 1983. En un año que había empezado con muy buen rendimiento (1º en el Tour del Mediterraneo, 2º en la Tirreno-Adriatico y 3º en la Estrella de Beseges), tuvo la mala fortuna de sufrir un terrible y escalofriante accidente contra un coche en un día de perros. Se temió por su vida, pero finalmente consiguió sobrevivir. Con lo que nadie contaba era con que volviera al ciclismo profesional, tras haber cumplido ya los 32 años.
Pero Gerrie era una persona tenaz y consiguió volver a ponerse un dorsal. Ya no era el corredor de antes de su lesión, así que a finales de 1983 no fue a ninguno de los dos equipos que surgieron tras la desaparición del Ti-Raleigh: ni al Panasonic de Raas ni al Kwuantum de Post. En vez de eso, tuvo que rebajar su categoría para recalar primero en el Boule D´or, luego en el Skill para ayudar a Kelly y finalmente en el PDM recién creado con la capitanía de Pedro Delgado hasta su retirada al acabar los años ochenta.
En este 1985 se encuentra en el Skill. Pero por aquellos años la Amstel Gold Race coincide con la disputa de la Vuelta a España, donde está participando Kelly. Por tanto, Knetemann puede jugar sus bazas, sobre todo cuando se encuentra como único representante de su equipo en el corte bueno de la carrera, que se forma con casi una veintena de ciclistas entre los que están corredores de la categoría de Kuiper, Bauer, Roche, Criquelion, Zoetemelk o Anderson. Con Van der Poel escapado por delante desde hace muchos kilómetros, el grupo le persigue. Es sin duda un día de perros. En una aceleración del grupo en un repecho, ni siquiera una subida de las 17 catalogadas por la organización, todo un reciente vencedor de la Sanremo como Kuiper no puede seguir a sus compañeros y se queda.
Era Verhoeven el que había provocado junto a Van der Poel el peligroso corte que podía ser definitivo, pero sufrió un pinchazo y dejó a su compañero de escapada solo en cabeza. En un momento dado el grupo se divide en dos, verhoeven se queda por detrás, pero junto a su compañero de equipo Broers se lanza a la caza del grupo delantero. Verhoeven es en este 1985 una gran promesa en aquellos tiempos, el año anterior había ganado el campeonato holandés amateur. Otro integrante del grupo como Bauer también es una gran promesa: un jovencito prometedor que fue medalla de bronce en los mundiales del año pasado con solo 3 semanas de profesional.
Cuando pasan por el Cauberg, a 9 km de meta, Verhoeven finalmente aparece delante de él. El terreno es ascendente y el joven holandés va excesivamente lento en comparación con su veterano compatriota. Knetemann mueve un desarrollo enorme para los porcentajes que ascienden y la dureza acumulada. Finalmente Gerrie alcanza al joven del Skala y no lo duda ni un instante. Nada más llegar a su altura suelta un durísimo demarraje. Verhoeven intenta ir tras él, pero no tarda ni 5 segundos en darse cuenta de que es imposible, de que hoy ese anciano venerable pero prácticamente desahuciado ha recuperado las privilegiadas piernas que le permitieron ser uno de los terrores de las carreteras del norte durante la década pasada. La fuerza con la que el corredor del Skill golpea los pedales recuerda forzosamente a las de un Vulcano martilleando machaconamente en su fragua. Hoy Knetemann es el protagonista, ha dejado de ser el gregario de Kelly, ha recuperado las sensaciones de años atrás, cuando saboreó las mieles del maillot arcoiris y tantas otras victorias.
El accidente en A través de Flandes queda muy atrás, ya no recuerda que todos lo daban por acabado, que a su edad (35 años en aquel momento), nadie apostaba por que volviera a competir a un nivel aceptable. Pero sí recuerda las muestras de cariño que recibió tras su accidente, recuerda que el holandés es un pueblo agradecido con sus grandes ciclistas, y les va a dar una victoria épica por la forma en que se ha desarrollado y las condiciones climatológicas. Les va a demostrar que pese a que la juventud suele ser un valor que aporta pujanza, el viejo veterano curtido en mil batallas hoy va a dejar totalmente tirado a la promesa que el año anterior se coronaba campeón de Holanda amateur. Pero no solo ha sido superior a él, sino también a los Roche, Anderson, Bauer, etc, que van llegando a varios minutos de Knetemann a la línea de meta.
Cuando entra en Meerseen como vencedor, el viejo gigante se ha convertido en un niño que no puede parar de llorar. Once años después ha vuelto a ganar la gran carrera de su tierra, cuando nadie creía ya que reverdecería las glorias pasadas. El aprecio y cariño del público es unánime y entregado. Aunque al año siguiente volvería a ganar la Vuelta a Holanda, esta Amstel fue el último gran triunfo de Gerrie. Años después sería seleccionador nacional de Holanda y en 2004 fallecería víctima de un ataque al corazón. Pero ese frío y desapacible día de abril de 1985 demostró que el maldito accidente de la clásica A través de Flandes no le impidió despedirse a lo grande firmando el canto del cisne de los grandes rodadores holandeses de los años setenta, que dominaron las llanuras embutidos en sus maillots del Ti-Raleigh. Su época ya había pasado, los cantos de internacionalización estaban a punto de llamar a las puertas del ciclismo y era tiempo de abrir ese antiguo coto vedado a otras nacionalidades. Pero Knetemann había dejado esta carrera para recordar que un día ellos habían sido los únicos dominadores del inhóspito Norte. Los viejos rockeros nunca mueren, permanecen para siempre en nuestro corazón. domingo 31 de octubre de 2010
Vuelta a España 1985: Perder cuando ya has ganado
Unos metros más allá, Peio Ruiz Cabestany, hasta ese día tercero en la general, la gran revelación de la carrera (o mejor sería decir la gran confirmación de la carrera tras su brillante victoria en la Vuelta al País Vasco poco antes) se abrazaba con Delgado, su compañero de equipo en el MG-Orbea, y con Txomin Perurena, el director de ambos. El vasco de raíces catalanas había sido el sacrificado, siendo expulsado del podio. Pero sabía que no le quedaba más remedio, que tendría que esperar a un futuro que en aquel momento se presentaba muy prometedor para poder aprovechar una nueva oportunidad.
Aún más lejos, Javier Mínguez contemplaba la escena mientras trataba de insuflar ánimos a su corredor Francisco "Pacho" Rodríguez. A tan solo 10 segundos del liderato antes de comenzar la etapa, el colombiano veía en meta como no solo mantenía esa desventaja con Millar, sino también como Perico Delgado le superaba. Al fin y al cabo, un segundo o un tercer puesto no significaban mucha diferencia, pero estando tan cerca del premio gordo resultaba difícil de explicar esa falta de ambición de su director. Por otro lado, nada iba a reprochar a Mínguez. Ni iba con su carácter ni hubiera sido justo después de la gran dirección que había realizado el vallisoletano durante la carrera, pues buena parte de los grandes resultados de Pacho, sobre todo en las contrarrelojes, eran deudores de la ayuda de su director.
Por último, tapado entre las sombras, un personaje destinado a jugar un rol secundario miraba maliciosamente a Roland. Por fin, cuando sus miradas se cruzaron, no pudo contener una sonrisa de victoria y de revancha. Definitivamente, ese papel de secundario no estuvo nunca destinado a Luis Ocaña, en aquel momento director de un equipo Fagor que llegó a la Vuelta para ganarla con Pedro Muñoz y que, tras el bajo rendimiento de éste, se vio obligado a conformase con una victoria de etapa de De Wolf y una actuación gris en líneas generales.
Pero para llegar a esa jornada que atravesaba la sierra madrileña, casi 3 semanas habían ido cocinando una bonita edición de la Vuelta a España. Una edición que comenzaba con un prólogo en Valladolid en el que se imponía el prematuramente desaparecido Oosterbosch, que fallecería 5 años después victima de un paro cardiaco (actualmente, está muy extendida la idea de que fue una de las primeras víctimas de la EPO). Por detrás de él, un jovencito neoprofesional de 20 años, el navarro Miguel Induráin, quien tendría su momento de gloria en la segunda etapa, coincidiendo con la entrada de la carrera en Galicia. En Orense se imponía Kelly, la gran figura extranjera de la edición, pero Oosterbosch perdía comba y el liderato pasaba a manos del neoprofesional del Reynolds, el más joven de la historia en lucirlo.
Hay que destacar que tras el excelente resultado de la edición de 1983 (en la que se contrató a golpe de talonario a la gran figura extranjera Bernard Hinault y tan buen resultado dio), en 1984 se había pegado un pequeño patinazo contratando a Francesco Moser, que se llevó el prólogo pero no estuvo a la altura que había dejado Hinault el año anterior. En este 1985 se había traído a Kelly como gran atracción, pues nadie contaba con su compañero Caritoux, que portaba el dorsal número 1. Otros extranjeros de nivel alto eran Winnen, Baronchelli o Simon, mientras que el compañero de este último en el Peugeot, un fino escalador escocés de nombre Robert Millar, pasaba más desapercibido, pese a que ya tenía en su palmarés 2 victorias de etapa en el Tour, así como un cuarto puesto de la general y un maillot de la montaña de la ronda francesa.
Tras el periplo gallego, que sirvió para comprobar que Planckaert era el mejor sprinter del inicio de la carrera y para que Baronchelli se anotara una bella victoria resistiendo en solitario al pelotón, la caravana ciclista se adentró en Asturias. Allí Echave ganó en Oviedo (con un ataque similar al de Baronchelli un día antes), en la previa a la primera etapa decisiva, la de los temidos Lagos de Covadonga. La montaña asturiana, descubierta en la gran etapa de 1983, se mantuvieron en el menú en 1984, con victoria de Dietzen aprovechando el marcaje entre Alberto Fernández y Caritoux. En esta edición de 1985 en sus cuestas se volvieron a ver las caras los que estaban destinados a ser los protagonistas de la carrera. En un grupeto comandado la mayor parte del tiempo por Millar, Delgado aprovechó su ocasión para fugarse y llegar a meta en solitario, obteniendo el doble botín de la victoria y el liderato. Tras él, Millar, Cabestany, Pino y los colombianos Parra y Pacho Rodriguez conservaban sus opciones intactas, mientras que otros como Kelly, Gorospe, Pedro Muñoz, Simon o el mismo Caritoux se despedían de las mismas.
Sin tiempo para descansar, al día siguiente había otra etapa de montaña. Sin tener un final tan duro como la etapa anterior, puesto que Alto Campoo no tiene las pendientes de los Lagos, la jornada resultó muy bella debido a la lucha que se desencadenó, cogiendo al líder Delgado en fuera de juego. Fue en la Palombera, el penúltimo puerto, en el que Kelly pasó a la acción, siendo secundado por Peio, en labores de contención para su jefe de filas. Pero posteriormente Millar volvió a demostrar que no se escondía cuando la carretera se empinaba, provocando la selección y contactando con los de cabeza junto a varios colombianos. En aquellos momentos Kelly ya no figuraba en los primeros puestos debido a un pinchazo, y por detrás se formó un gran grupo con Delgado y el resto de corredores importantes. Pero en el terreno desde la Palombera hasta el Campoo, y en la tendida ascensión final a Alto Campoo no consiguieron recortar las diferencias, con lo que los de delante se jugaron el triunfo, imponiéndose el colombiano Agudelo. Victoria histórica, al ser la primera etapa colombiana en la Vuelta. Junto al vencedor, el más contento del día era Cabestany, que recogía el maillot de líder de su compañero Delgado. Su periplo por la cornisa cantábrica había sido fantástico, pero estaba por ver si resistiría a un Millar que se estaba mostrando dominador y al colombiano Pacho Rodríguez. A partir de ellos tres, que estaban en diferencias inferiores al minuto, la brecha se abría, figurando Parra 4º a 2:20. La etapa había sido muy dura y había deparado una batalla campal, en la que el gran derrotado fue Delgado, que llegaba a meta en el puesto 34 a casi 4 minutos de los primeros. Su candidatura estaba prácticamente descartada.
Tras la tempestad llegó la calma, y en el siguiente punto caliente de la carrera, la llegada unipuerto al Balneario de Panticosa, hubo tablas entre los tres corredores que se estaban erigiendo en dominadores de la carrera. El caído en desgracia Fons de Wolf sacó una de las contadas demostraciones que dio en su carrera y se impuso tras una larguísima fuga con más de 19 minutos de ventaja sobre los favoritos. Lo más interesante de la etapa fue la tensión entre Delgado y Cabestany cuando el primero salió a un ataque postrero de Parra y se desentendió de la suerte de su líder, arañando unos segundos.
La inactividad del día anterior se compensó con la entrada de la Vuelta en Cataluña. La etapa de Tremp deparó un espectáculo vibrante en una etapa de media montaña donde el Orbea fue pillado en fuera de juego. Ninguna de sus dos grandes bazas para la general se metió en una fuga de hombres de calidad, entre los que se encontraban Millar y Pacho. Esta escapada fue adquiriendo ventaja hasta llegar a los 2 minutos. Tuvo que ser la intervención de otros equipos lo que salvara al equipo de Perurena, hasta que las diferencias en meta se quedaban en medio minuto entre el grupo en el que se impuso Kelly y el pelotón del líder. Suficiente, de todas formas, para que el "escocés del pendiente", como era conocido Millar, se alzara hasta el primer puesto de la general.
Pero la grandeza de esta Vuelta residió principalmente en los cambios que se producían en cabeza. Si el día de Tremp el lider del Peugeot realizó una jugada estratégica magistral y los Orbea desfallecieron, las tornas cambiaron completamente en Andorra, en la jornada siguiente. En un recorrido salpimentado por los altos de Cantó y la Comella, Millar quiso dar una demostración de poderío en el primero de ellos, saliendo en persona a un ataque de Pino y permaneciendo escapado durante unos kilómetros. Estos esfuerzos los pagaría en el último puerto, donde los Orbea se aliaron con los Zor para desarbolar al líder, cruzando la cima con unos metros de ventaja que se traducirían en 14 segundos tras el frenético descenso hasta Andorra. El escocés conservaba el maillot amarillo, pero sus diferencias se recortaban hasta los 10 segundos con Cabestany y a los 23 con Pacho. Parra, sigilosamente, estaba ya a solo 1:38 tras ir recortando poco a poco todos los días. Los demás (Dietzen, Delgado, Gorospe, etc) se iban por encima de los 3 minutos, pero en una Vuelta tan loca no convenía descartarlos del todo.
Y la carrera debía estar definitivamente loca cuando al día siguiente, en la cronoescalada a Pal, repetía victoria por segundo día consecutivo el colombiano Pacho Rodriguez. Las diferencias con Millar eran ajustadísimas (tan solo 10 segundos les separaban). Ese día entregaron sus opciones Parra, que se dejó 1:16 con el líder cuando no se podía permitir el lujo de perder ni un segundo, y sobre todo Cabestany, gran contrarrelojista pero al que la larga subida se le atragantó. Se dejó casi dos minutos con Millar. En una edición tan ajustada, eso suponía dejar la general en una cerrada lucha entre el escocés del Peugeot y el colombiano del Zor, separados por unos míseros 13 segundos. El problema es que a partir de ahí se acabaron las llegadas en alto, y toda la lucha previa al último fin de semana, aunque llena de emoción e incertidumbre, no movió la clasificación general. En cualquier caso, la tensión se fue acumulando día a día, como en la jornada de Benidorm, donde el viento hizo su aparición y Pacho y Delgado tuvieron que sudar para enjugar las desventajas que llegaron a acumular.
Finalmente, toda esa tensión pareció estallar en la etapa con final en Alcalá de Henares. Una etapa aparentemente tranquila, con tan solo un puerto de tercera en el recorrido, fue la que escogió Ocaña, el director del Fagor, para dinamitar la carrera. La noche anterior, en Albacete, tuvo un encontronazo verbal con el director del Peugeot, Pierre Roland. Roland tenía el maillot amarillo con Millar, el hombre que más fuerte se estaba mostrando en la carrera, y despreció la posible ayuda que el Fagor le pudiera dar. Así pues, Ocaña pensó en devolverle la afrenta. Para ello decidió que el Orbea era el equipo más adecuado, y se puso de acuerdo con Perurena. Al día siguiente, kilómetros antes del avituallamiento, fueron repartidos a los corredores de Orbea y Fagor bidones cuyo contenido era sólido. Así pues, al llegar al punto de avituallamiento y disminuir el ritmo del pelotón, el Fagor en bloque no perdió ni un momento y atacó con todos los integrantes que le quedaban en carrera. A ellos se unieron los dos estiletes del Orbea, Peio y Delgado, junto a un gregario como Zuñiga. Dos soviéticos ejercieron de convidados de piedra en la escapada. La estratagema puede parecer curiosa actualmente, pero lo cierto es que funcionó. Cuando los Peugeot se quisieron dar cuenta, la fuga estaba hecha y tenían que remontar 2 minutos contra una decena de hombres que iban a bloque y enrabietados. El ritmo se convirtió en infernal y, durante casi 80 kilómetros, los hombres de Roland fueron obligados a hacer un esfuerzo brutal para que la peligrosa escapada no se les fuera del todo. Finalmente recondujeron la situación y dieron caza a los fugados, pero las secuelas de la paliza, unidas a los varios días que llevaban defendiendo el liderato, se harían notar en jornadas posteriores. Como digo, al final todo quedó aparentemente en nada y en la meta se impuso un Juarez que supo escaparse tras el reagrupamiento y pescar en río revuelto.La que debía ser etapa decisiva, la contrarreloj de Alcalá de Henares, dejó las cosas como estaban. Eso sí, Peio realizó un esfuerzo soberbio, ganando la etapa a pesar de tener que cambiar en dos ocasiones de bici. Además, al llegar a meta, un error de cronometraje impidió que pudiera celebrar su victoria hasta pasados unos minutos. La victoria no le permitía remontar demasiado en la general, manteniéndose tercero a 1:15 del jersey amarillo. Un liderato que mantenía Robert Millar, pese a que pinchó al igual que Peio. Gracias a esta fatalidad Pacho Rodriguez conseguía recortarle 3 segundos. Insuficiente, puesto que se quedaba a 10 segundos del escocés. Dado que los perseguidores de la general (los Gorospe, Dietzen, Delgado y Parra) realizaron peores tiempos, todo quedaba en tablas de cara a la penúltima etapa, la de la sierra de Madrid, con la Morcuera, Cotos y los Leones. Desde la cima de este último, 43 kilómetros a meta. Parecía imposible que la victoria se le escapara al jefe de filas del Peugeot.
Y por fin, llegó el día que no tenía que cambiar nada pero que lo cambió todo. Tras pasar los primeros kilómetros de la etapa, en los que se producen continuas escaramuzas en busca de las metas volantes y los sprints especiales, las hostilidades se desatan en el Puerto de la Morcuera. El soviético Osipov llegó escapado merced a un acelerón cuyo origen fue la disputa del sprint especial situado en Colmenar Viejo. En ese momento la climatología comenzó a cambiar. Lo que en la salida había sido una soleada mañana de mayo se transformó en un día frío, con precipitaciones incluso de nieve. A pesar de ello, nada hacía presagiar lo que se encontrarían los ciclistas por delante cuando se coronó la Morcuera con Osipov disfrutando de una generosa ventaja sobre un compacto pelotón.
Sin embargo, en Cotos, esta Vuelta que tantos giros había dado iba a presenciar su último salto mortal. Los acontecimientos se precipitaron a toda velocidad: Osipov rompió un radio de su bicicleta y en pocos kilómetros vería como era superado por el Kelme Recio, que había saltado del gran grupo. Por detrás, Millar tiene que cambiar de rueda por un pinchazo, lo que aprovecha Pacho Rodríguez para lanzar un ataque, bien secundado por Peio. Pero el escocés finalmente logra contactar, ayudado por Pascal Simon, el único compañero que le quedaba. El francés ha quemado sus fuerzas para reintegrarle en el grupo, y el Peugeot desaparece para el resto de la etapa, obligando a Millar a defenderse en solitario a partir de ese momento. Perico Delgado no pierde el tiempo y también suelta su ataque, duro y sostenido. Belda y De las Heras se lanzan tras él, aunque al final todos los primeros de la general coronan el puerto en distancias muy reducidas. En ese preciso instante de iniciar el descenso, el reloj de arena se pone en marcha. Perico Delgado salta del grupo y se va a por Recio. Millar está empezando a perder la Vuelta, pero él no lo sabe. Pocos kilómetros más abajo Delgado contacta con Recio, cabeza de carrera. Rápidamente deciden que el tandem puede ser bueno y empiezan a colaborar.A pie de Los Leones, el último puerto de la carrera, la ventaja del dúo es de poco más de un minuto. Todo está controlado. Pero cuando el destino juega a ser cruel contigo, su fatalidad se va acrecentando irremediablemente. En el puerto, el grupo de los mejores se fracciona. Por delante se van, entre otros, Caritoux y Kelly, los dos Skill. Si al final de la etapa hubieran estado junto a Millar, el escocés bien hubiera podido encontrar colaboradores. Pero en ese momento el lider solo piensa en vigilar a Pacho y a Peio. La arena del reloj sigue escurriéndose entre sus dedos.
Por la abarrotada cima de Los Leones pasan Delgado y Recio a toda velocidad, mientras que el grupo de los tres primeros lo hace con parsimonia. En el descenso, Millar se permite incluso consolar con unas palmaditas cariñosas tanto a Cabestany como a Pacho Rodriguez, mientras que estos le felicitan, pues su victoria parece ya definitiva. Una vez conocido el desenlace final, las imágenes resultan de una tremenda amargura para el escocés. El reloj de arena sigue inexorable, y empieza a ser definitivo. Al paso por San Rafael la ventaja es ya de 4:30. En Los Ángeles de San Rafael ha subido hasta los 5:30. Nadie colabora en el grupo principal, donde Peio ya sabe perfectamente el estado en el que está la carrera. Por supuesto, no será él quien aclare a Millar lo que sucede por delante. Tendrá que ser Roland, el director del Peugeot, quien finalmente avise a Millar de que está perdiendo la Vuelta y que tiene que exprimirse sobre la bicicleta si quiere conservarla. Pero ya es tarde. Los últimos granos de arena están cayendo, la ventaja ha subido hasta más de 6 minutos (la ventaja de Millar sobre Delgado era de 6:13) y la lucha ya es titánica para el escocés, pues por delante ruedan dos corredores a tope y perfectamente conjuntados, mientras que por detrás solo puede tirar él, acompañado de pequeñas ayudas de corredores ya casi fundidos.
Millar está mentalmente bloqueado. Ha pasado del todo a la nada en cuestión de minutos. De las palmaditas de suficiencia que obsequiaba a Pacho y Peio en el descenso de Los Leones a los nervios que le atenazan en estos últimos kilómetros, sabedor de que la suya es una lucha condenada al fracaso. Por delante, el dúo rueda con rabia, alentado por los gritos de Carrasco, el director del Kelme. Finalmente, alcanzan la meta segoviana, con victoria de etapa para Recio sin que haga falta disputar el sprint. Es su segundo éxito parcial en esta edición de la Vuelta. El tiempo empieza a contar, y todo el público, inundado de la histeria colectiva que ha envuelto la meta, se apresta a esperar los minutos necesarios. A más de 3 minutos llega el grupo de Kelly. Parece claro que si Millar hubiera atado más en corto a estos corredores, su colaboración pudiera haber bastado para retener el amarillo. Pero el escocés marcha más atrás. Concretamente en el siguiente grupo que debe hacer su aparición en la línea de meta. Siguen pasando lentamente los segundos. Ya van más de 4 minutos, más de 5 minutos y se ve al grupo del jersey amarillo acercarse al último kilómetro. Cuando faltan centenares de metros para que crucen la pancarta final, la afición congregada en la línea de meta estalla de júbilo.
La sorpresa se ha consumado, el golpe de estado a la general de la carrera ha sido exitoso, el "escocés del pendiente" ha sido derrotado completamente por la coalición de equipos españoles, encabezada por el MG Orbea y el Kelme, a la que se han sumado equipos que podrían haber ayudado a Millar a defender su liderato, como el Zor de Mínguez o el Fagor, de nacionalidad francesa pero dirigido por Ocaña. El conquense no puede dejar de sonreír pensando en la increíble manera en que se le ha escapado la Vuelta a Pierre Roland. Un Roland que se ve incapaz de calmar a su jefe de filas, que llora desconsoladamente una derrota que apenas entiende, mientras a su alrededor se multiplican las muestras de alegría relatadas en el inicio de la narración.
Al día siguiente no hay nada que hacer, el pelotón llega al final de la Vuelta en el monumental marco de Salamanca, donde Pedro Delgado, Perico, consigue la primera gran victoria de su carrera. Mientras Laguía se proclama campeón de la montaña, Kelly de la regularidad, Van Holen de las metas volantes, Suarez Cueva de los sprints especiales y el Zor de la clasificación por equipos, el único corredor que sube al podio con el gesto vencido es Robert Millar. Sabe que ha sido el más fuerte de la carrera, pero al final ha sido el gran derrotado. Y lo peor de todo es que ni es capaz de entender aún por qué ha perdido esta carrera. Pero en ese mismo lugar, a pocos metros de la universidad donde siglos atrás Fray Luis de León retomó sus lecciones tras haber pasado 5 años en la cárcel con el famoso "Decíamos ayer...", el escocés se conjuró para volver al año siguiente y retomar lo que otros no le habían permitido terminar en ese 1985. Pero ésa es otra historia...
domingo 10 de octubre de 2010
Giro 2010: Montalcino, el regreso del ciclismo épico
La séptima etapa del Giro 2010, Carrara-Montalcino, nos devolvió imágenes de ciclismo épico, ciclismo de antaño, aquel en el que los protagonistas eran los auténticos "forzados de la ruta", y no esos automatizados profesionales en que se han convertido poco a poco. Cualquiera que conectara la televisión esa tarde de sábado, bien podría pensar que nada ha cambiado desde los tiempos gloriosos en los que las gestas estaban a la orden del día, las tácticas eran poco más que un "sálvese quien pueda" y los protagonistas eran admirados como auténticos héroes. Probablemente los corredores del Giro pasaron algunas de sus peores horas como profesionales, rebozados de barro, ateridos por el frío, tensionados por las circunstancias de carrera y destrozados por la progresiva ausencia de fuerzas. Pero a cambio, se ganaron el respeto de los aficionados, ese respeto que van perdiendo temporada a temporada, a cada caso de doping, a cada etapa soporífera y decepcionante. Con etapas como la de Montalcino se recupera buena parte de lo perdido, porque se ve a auténticos titanes luchando contra los elementos.
Pero, ¿cómo se pudo llegar a esta situación, en la que los ciclistas embarrados miraban hacia delante con claros sintomas de sufrimiento pero sin contemporizar ni un ápice de sus fuerzas? Sin duda, un cúmulo de circunstancias sirvieron como detonante. La primera de todas, qué duda cabe, el recorrido propuesto por Zomegnan, el organizador de la carrera. Una etapa que aprovechaba el "sterrato", tramos de tierra que se conocen como "strade bianche" gracias a la carrera que desde hace unos años los recorre y los ha popularizado, la MontePaschi Strade Bianche. No son solo tramos sin asfaltar, sino que en determinados puntos la pendiente alcanza dígitos muy respetables. Junto a ello, el segundo elemento de esta mezcla explosiva fue la lluvia que azotó la zona durante los días previos al paso del Giro, lo cual inevitablemente convirtió el "sterrato" en barro, casi un lodazal en determinados tramos. Para entender el último factor que desencadenó los acontecimientos, tenemos que remontarnos al principio...
... y el principio no es otro lugar que el kilómetro 192 de la etapa, a 30 de meta, donde el pelotón rueda compacto bajo la lluvia, imbuido de la típica tensión que precede los momentos importantes. Los Liquigas ponen el ritmo, arropando a la maglia rosa, el joven Vincenzo Nibali, y al nominado como jefe de filas, Ivan Basso. Al entrar en una curva, Michele Scarponi resbala, cae al suelo y al deslizarse se lleva por delante a Nibali y a otros dos Liquigas. Cuando los ciclistas caídos quieren recomponer el ritmo, por delante ya se vuela. El pelotón se ha roto y Vinokourov, junto a Garzelli, Gerdemann y otros corredores secundarios, rueda en cabeza. El kazajo es un corredor astuto y determinado. Sabe cuándo las circunstancias de carrera son aprovechables, y en ese momento no desperdicia la ocasión. Así pues, lanza la carrera, que llega al primer tramo "sterrato" totalmente alocada, con el pelotón tremendamente estirado en persecución deVinokourov y sus compañeros de fuga, y con el grupito de los Liquigas y Scarponi tirando por detrás, en una persecución que a cada instante se antoja más alocada.
Comienza la épica. Las carreteras de tierra, convertidas en caminos de lodo, son un auténtico desafío para los ciclistas. Rápidamente todo se convierte en un sálvese quien pueda. Por delante, Gerdemann se distancia en solitario, mientras que el pelotón principal, en el que están Evans o Pozzato, intenta darles caza. El grupo en el que se han rearmado los Liquigas está a la caza, pero Nibali se da cuenta de que si deja la responsabilidad a sus gregarios, todo puede estar perdido. Así que en un arranque de personalidad se pone a tirar él mismo, llevando a Basso protegido tras él.
Al salir del primer tramo sterrato Gerdemann ya ha sido cazado por el grupo de Vinokourov, y sus perseguidores van llegando poco a poco, encabezados por Evans. La ventaja en ese punto, a 21 km de meta, es de 1:30 sobre el pelotón de los Liquigas, que han vuelto a reagruparse. Su situación es agónica, puesto que de tener a sus dos bazas de la general perfectamente colocadas pueden pasar a perder todas sus opciones. En este punto la carretera comienza a empinarse y el cansancio acumulado, unido al desnivel y a las condiciones meteorológicas, empiezan a pasar factura. Nibali y Basso se quedan solos junto a Scarponi (otro de los damnificados por la caída) y un gregario de Michele. Por delante no quedan gregarios, todos están muy cansados pero se ven con opciones de ganar la etapa, así que se producen ataques como el de Damiano Cunego al pasar por la pancarta de 20 kilómetros a meta.
En la segunda y última zona de sterrato,que va desde los 19 hasta los 4 kilómetros a meta, entra en cabeza Cunego, que rápidamente es reabsorbido por un grupo cada vez más reducido, de unas 25 unidades. La ventaja sobre el grupo del Liquigas y Scarponi ha subido a 1:40, gracias al ritmo que por delante imprime un gregario de Vinokourov. Poco después, el kazajo no se lo piensa más y lanza un duro ataque. El primero en responder es Evans, iniciando aquí una bella lucha entre ambos por la victoria de etapa. Por detrás de ellos se forma un pequeño paquete perseguidor, comandado por Garzelli y Cunego. Estamos en tramos de dura pendiente, y por detrás Scarponi ha tomado la responsabilidad y estira el grupo de la maglia rosa. Tanto, que acaba soltando a todos los que circulan a su rueda (incluida la maglia rosa) y se va en solitario intentando minimizar la diferencia.
Finalmente, el grupo con Cunego, Garzelli, Pinotti, Arroyo y Gadret alcanza a la cabeza de carrera. Por detrás, Nibali duda si seguir a Scarponi o ralentizar el ritmo para esperar a Basso, que está pasando dificultades. Finalmente, decide ésto último y Scarponi se marcha por delante. El jefe de filas del Androni comienza una gran demostración de fuerza que le lleva a coger y dejar a multitud de corredores que marchaban por delante de él. Todo sigue siendo una lucha practicamente individual contra los elementos, y el bueno de Michele irá viendo pasar en su caza de los corredores de cabeza a ciclistas que son incapaces de aguantar su rueda embarrada.
A menos de 10 km de meta Vinokourov y Evans vuelven a escaparse de sus compañeros. En ese momento la ventaja sobre la maglia rosa y su compañero Basso es de 1:25. Arroyo consigue alcanzar al duo de cabeza a menos de 8 km de meta. La situación permanece inalterable hasta que a menos de 5 kilómetros de meta salen definitivamente del sterrato. Ahí la diferencia con Nibali y Basso se acerca peligrosamente a los 2 minutos, mientras que Cunego y Pinotti consiguen enjuagar la diferencia que les sacaba el trío cabecero.
Vinokourov está a disgusto con tanta compañía y vuelve a lanzar un ataque al que solo resisten Evans y Cunego. A 2 kilómetros de meta los 5 se vuelven a agrupar. Una vez dentro de Montalcino, en el último kilómetro, Cunego hace un último intento de irse en solitario, pero Evans aborta la tentativa. Es el australiano el que entra en cabeza en la recta de meta, de 200 metros. Parece que Cunego o Vinokourov están al acecho y les será fácil superar al campeón del mundo, pero el sprint de Cadel es pleno de potencia, y con el cansancio acumulado por todos resulta imposible adelantarle. Evans entre en gran campeón por delante de Cunego y Vinokourov, con Pinotti y Arroyo perdiendo unos segundos al quedarse descolgados en el sprint. A medio minuto entran Garzelli y Gadret. A un minuto entre Scarponi, autor de una sensacional remontada. Nibali pierde 2 minutos y Basso unos segundos más. Corredores como Sastre pierden 5 minutos.
Es tan solo una etapa, posteriormente el Giro dará muchas vueltas, empezando por la etapa de L´Aquila, en la que la decoración de la general cambiará totalmente y obligará al ganador final de la carrera, Ivan Basso, a realizar una persecución implacable sobre David Arroyo, lider durante varias etapas y que finalmente solo será superado por el varesino. Se vivirán grandes jornadas como las de Asolo, Zoncolan o Aprica, pero la verdadera vuelta al ciclismo épico se había producido en esta jornada de Montalcino marcada por el barro y por el carácter de los hombres que la protagonizaron. Ojalá en los próximos años volvamos a ver días como éste.
lunes 10 de agosto de 2009
La travesía del desierto
21 de julio de 1985: Bernard Hinault sube al podio de los Campos Elíseos como ganador absoluto del Tour de Francia. El bretón, claro dominador de esa edición hasta que una caída en la llegada de Saint Ettienne le fractura la nariz, sufre a partir de ahí para mantener el maillot amarillo hasta Paris. Con solo dos días montañosos por delante, en los Pirinéos, tendrá que mostrar todo su pundonor para no perder su privilegiada posición ante su compañero Greg Lemond y su rival Stephen Roche. Dos anglosajones, algo poco habitual en esta carrera que tradicionalmente han dominado (por este orden) franceses, belgas e italianos. Toda una premonición de lo que se avecinaba.El caso es que Hinault consiguío, tras muchas tensiones con Lemond, subirse a ese podio parisino en el que le acompaña la italiana María Canins como vencedora del Tour femenino, y promete que el año siguiente ayudará al americano, en compensación por haber corrido éste con el freno de mano puesto para no disputar el liderato a su compañero, pues ambos corrían en La Vie Claire. Promesa que 12 meses después se olvidaría de cumplir, propiciando un duelo interesantísimo y fraticida en 1986. Pero eso es otra historia, que merecerá ser contada en otro momento.
De momento, mientras Hinault desciende los escalones del podio, los franceses arremolinados alrededor no se pueden imaginar que están viendo al último compatriota ganador del Tour hasta la actualidad. En 2010 se cumplirán 25 años de sequía gala, y no se adivinan muchas posibilidades de que la racha se rompa a corto plazo. ¿De verdad se valora lo suficiente la tragedia? Repasando un poco la historia, se comprueba que los franceses han estado toda la vida acostumbrados a asociar el Tour a victorias locales, repartidas en bastante igualdad con éxitos foraneos. Éste es el resumen de victorias francesas desglosado por décadas:00-10 --> 7
11-20 --> 1
21-30 --> 2
31-40 --> 5
41-50 --> 1
51-60 --> 5
61-70 --> 6
71-80 --> 4
81-90 --> 5
91-00 --> 0
00-09 --> 0
Como se ve, quitando 3 décadas (dos de ellas condicionadas por las Guerras Mundiales, que anularon varias ediciones del Tour), los franceses estaban acostumbrados a vencer el Tour habitualmente, a tener ídolos locales con los que apasionarse. De repente, todo cambia a partir de 1985. Para hacer más dolorosa la situación, se venía de ganar 8 de los últimos 9 Tours, con la excepción de 1980, donde se impuso Zoetemelk por el abandono del propio Hinault. Primero Thevenet, luego Hinault y posteriormente Fignon habían dejado muy alto el pabellón francés. Pero los sucesores no pudieron con el peso que se cargó en sus espaldas. Ni Jean François Bernard ni Charly Mottet ganaron nunca el Tour. Y pese a que Fignon estuvo cerca de completar su resurrección de 1989 con la victoria en los Campos Elíseos, 8 malditos segundos le separaron de ella. La generación de los 90, con Leblanc, Virenque y Jalabert, nunca tuvo opciones reales de ganar la prueba por etapas más importante del mundo. Y en el nuevo siglo solo Moreau ha sido un aspirante de cierto nivel, pero la realidad ha demostrado que estaba muy por debajo de sus ilustres predecesores. El balance de estos últimos 25 años es descorazonador para el ciclismo galo:2009 --> Le Mevel 10º
2008 --> - (Casar 14º)
2007 --> - (Goubert 27º)
2006 --> Dessel 6º Moreau 7º
2005 --> - (Moreau 11º)
2004 --> - (Moreau 12º)
2003 --> Moreau 8º
2002 --> - (Moncutié 13º)
2001 --> François Simon 6º
2000 --> Moreau 4º Virenque 6º
1999 --> Virenque 8º
1998 --> Rinero 4º Robin 6º
1997 --> Virenque 2º
1996 --> Virenque 3º Leblanc 6º
1995 --> Jalabert 4º Virenque 9º
1994 --> Leblanc 4º Virenque 5º
1993 --> - (Dojwa 15º)
1992 --> Lino 5º
1991 --> Mottet 4º Leblanc 5º Fignon 6º Rué 10º
1990 --> - (Philipot 14º)
1989 --> Fignon 2º Mottet 6º
1988 --> Boyer 5º Roux 10º
1987 --> Bernard 3º Mottet 4º Fignon 7º
1986 --> Hinault 2º Pensec 6º Yvon Madiot 10º
1985 --> Hinault 1º
En esta lista se pueden observar los franceses clasificados entre los 10 primeros de la general, con su puesto. Los años en los que no se clasificó ninguno en esas posiciones, aparece entre paréntesis el primer francés con su puesto. ¡Qué lejos quedan aquellos años ochenta dorados! Los inicios de los noventa ya fueron duros, especialmente ese 1990 donde por primera vez ningún francés se metía entre los 10 primeros. Tras la recuperación de mediados de década, la siguiente ha sido un verdadero desierto, con infamias como 2007, donde el primer francés no estaba ni entre los 20 primeros, y 13 corredores españoles quedaban por delante de él. Un trago muy duro para el país que orgullosamente acoge la prueba.
Visto este duro encadenado de años, no queda menos que reconocerle al público francés el mérito de que sigan manteniendo el Tour en el sitio en el que se encuentra, sin haberle dado la espalda en ningún momento. Los franceses esperan pacientemente ese nuevo ídolo que en justicia ya corresponde que aparezca, al que puedan aplaudir rabiosamente desde lo más alto del podio parisino, y al paso de la caravana ciclista por todos los pueblos que cruza la carretera. Mientras tanto, se conforman con aplaudir a las estrellas extranjeras, y servir de anfitriones para que campeones de allende sus fronteras se disputen la primacía del trono de los vueltómanos que suele otorgar esta carrera.
Centrado en el ciclismo francés, este artículo no puede olvidar a esos otros grandes ciclismos que también están desde hace años escasos en lo más alto del podio del Tour: el italiano y el belga. En cuanto a los transalpinos, su situación (33 años llevaban sin ganar) se suavizó en 1998 cuando Pantani obró el milagro sobre el Galibier y se anotó su primer y único Tour. Además, en su descargo hay que reconocer que para ellos, el Giro es tan o más importante que la carrera francesa. Todos los grandes campeones italianos han sido conscientes de que el reconocimiento mundial lo da el Tour,
pero el cariño de sus paisanos solo se gana con el Giro. Otro tanto se puede decir del ciclismo belga. Desde que
La "mundialización" del ciclismo, que ideó Luis Puig y desarrolló su sucesor Hein Verbruggen, ha provocado que los países tradicionales en el mundo de la bicicleta vayan perdiendo su pujanza. El caso francés es el más sangrante, pues belgas e italianos siguen siendo fuertes en sus áreas de influencia. Pero la acceso al Tour de ciclistas exóticos, que bien se puede decir que empezó hace muchas décadas con los españoles que se esforzaban en destacar en las montañas y luego cedían minutadas en los llanos, para continuar con los anglosajones, posteriormente los sudamericanos (con monopolio casi exclusivo colombiano, eso sí) y los pertenecientes a los países del "Este", ha acabado desplazando a los franceses, reducidos ahora a simples comparsas, corredores batalladores pero no estrellas, en su propia carrera.






